Tirso intentaba quitarse la mierda que velaba su vista para explicar a los criados las límpidas intenciones que le movían a adamar a Violante. Pero los otros eran unos mandados con un solo recado que dar, a saber, medirle las costillas al atrevido que se había puesto a rondar a una de las familias más importantes de Salamanca.
─ ¿Cómo se atreve un mierda como tú a pretender a una grande de España? ─le espetó uno de los lacayos entre palo y palo
─Vete a rondar a los de tu condición, a una cuadra ─díjole otro mientras rompía su vara en el lomo del rondador.
Después del aguacero de meados y el granizo de palos, Tirso entendió que el tiempo estaba muy revuelto y que con buenas razones no iba a salir del paso, por lo que echó a correr todo lo que le daban las piernas por ver si escampaba. Los otros tuvieron a bien acompañarle un buen trecho, hasta que acabaron de romper sus palos en el pobre galán. Aun así, solo paró su carrera al llegar a la casa de pupilaje. Molido a golpes, rebozado en mierda y con el corazón a punto de salirle por la boca, se encontró con Riquelme y los demás, que se hicieron los sorprendidos.
─Pero Tirso, por como vienes, se ve que has mojado ─dijo el gamberro.
─Violante es dama fogosa, que el amante se ha cagado de gusto ─dijo otro a pulmón batiente.
─Estos requiebros son dignos de Don Tragacanto de Meapolis, cuando fue a rondar a la condesa de los Siete Orinales ─se burló un tercero.
─Vosotros sabíais que me correrían y me preparasteis esta encerrona ─les echó en cara un dolido Terco.
─Nosotros solo creíamos que Violante estaba por tus huesos, pero no sospechábamos que os los quería quebrar todos ─respondió Riquelme.
─ ¡Así os parta un rayo a todos, mal nacidos! ─estalló Tirso.
─ ¡Cuida esa boca, deslenguado! Si no sabes aguantar una broma, vete del pueblo.
─ ¡No sin mandaros al infierno, malditos!
─Pues espera, que antes de ir te vamos a dejar un recado ─y entre todos le metieron otro repaso al pobre caballero, dejándolo tirado en una esquina en manos de la inconsciencia.

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