lunes, 18 de septiembre de 2023

Cartomancia empresarial


 

A la derechita campechana no solo le gustan los sobres, también las cartas. La tan traída y llevada premisa de que los conservadores son buenos gestores, que con ellos la economía crece como fuego sin control, no eran más que melonadas de vidente. Mucho estudiar en Georgetown y hacer el máster en Mataporquera Business School, pero para tomar las grandes decisiones recurren a la carta más alta.

En el ayuntamiento pepero de Alicante hasta hace poco ofrecían un cursillo titulado Tarot para el éxito empresarial, en el que se podría aprender a tomar decisiones estratégicas informadas. Adquirimos acciones de Tangana, Regúlez y Cía, el Ermitaño da su aprobación. Subcontratamos las fotocopias, la Muerte no lo ve claro. Montamos una manufactura de minifaldas en Afganistán, sale la Torre del mazo en décimo tercer lugar, éxito asegurado. Cuando el resto de los partidos han puesto el grito en el cielo por semejante despropósito han cancelado el acontecimiento exotérico financiero, pero sospechamos que los gurús económicos del PP seguirán utilizando esta técnica, sobre todo a la hora de los presupuestos. Ayudados de los arcanos mayores y de la contabilidad creativa que dios les ha dado, hacen desaparecer dineros que por artes nigrománticas reaparecen en manos de gente de bien y orden, española y católica.

Tal como están las tendencias de management, no se extrañen de que en las entrevistas de trabajo les hagan barajar las cartas para saber cuál puede ser su nivel de compromiso con la organización, su capacidad de liderazgo ante los retos de la IA, o la intensidad con la que hace clic con el ratón, según vayan saliendo copas o bastos.

En el frustrado curso magistral de cartomancia empresarial repartiría cartas Almudena Polo, fundadora de la puntera Al(mu)Quimia Terapias Holísticas, dedicada al coach estratégico nada menos. Ahora que se ha quedado libre quizás podría contratar sus servicios el señor Feijoo. Para el asunto de su investidura más que coach quizás haría falta un milagro, pero si la señora Al(mu)dena es capaz de enderezar el rumbo de la empresa más ruinosa a base de echar cartas al buen tuntún, quizás consiga la conjunción astral necesaria para que Feijoo llegue a presidente, al menos de su escalera.

 

lunes, 4 de septiembre de 2023

A toda hostia


 

Para muchos vivir al límite es rebasar los límites de velocidad. La adrenalina que les genera el pisar hasta el fondo el acelerador les compensa de los riesgos. Llevar el motor más revolucionado que la partida de Pancho Villa, quemar tanta goma de neumático como herejes la Inquisición, echar ciclistas a las cunetas, adelantar en cambios de rasante jugando al todo o nada; ésas son las pequeñas cosas que salpimientan su vida.

Soy un macarra, soy un hortera, voy a toda hostia por la carretera, cantaban hace tiempo Ilegales, y el gremio no para de crecer. Esta fauna convierte un medio de transporte en una forma de vida. El ruido del motor es la llamada ancestral que despierta al vándalo, se sienten como jinetes de las estepas a la carga contra cualquier signo de civilización. Al macarra de autopista, a calzón quitado por el tercer carril, se la suda en colores que vaya acojonando al resto de conductores.

Ante semejante frenesí es difícil luchar, pero he aquí una manera de que pisen el freno. Las autoridades de Australia meridional pillaron a un conductor novel a la nada moderada velocidad de 253 km hora. No lo volverá a hacer, al menos con el Holden Commodore V8 que conducía. Le han cogido el coche y se lo han aplastado, convirtiéndolo en un gran mojón de metal. Un castigo ejemplar donde más les duele a estos atorrantes sobre ruedas. En nuestras antípodas a los que trincan por conducción temeraria les convierten el coche en un ladrillo, novecientos nada menos el año pasado.

Se podría intentar con castigos más creativos, tal que obligarles a ir de vacaciones en el tren chuchu, gozar de la humanidad en el metro a hora punta, o usar el coche de San Fernando, pero no lograrían la devastación psicológica que para esta gente supone ver su bien más preciado laminado por una apisonadora. Después de semejante trauma, con el siguiente coche no se atreverán ni a darle al claxon tras dos horas en caravana.