lunes, 7 de junio de 2021

Él vive (y VI)


 

Aquella semana no tuve piedad con los casos que pasaron por mis manos. Mi último traspié amoroso me reafirmaba en la teoría de que los hombres eran imbéciles, y como tales había que tratarles. Nada de piedad con ellos. Aconsejaba a mis representadas que les exprimieran hasta el último euro. Para colmo, empecé a recibir mensajes de Lourdes diciéndome que Maika estaba hecha polvo porque le había chafado su rollo con Johnny. Me dio un sermón con que eso entre amigas no se hace, que tenía que haberle dejado vía libre a la otra y que por mi culpa no había llegado a nada con él. En ningún momento Lourdes aceptó mi versión de que Johnny no aceptaría la guardia y custodia de Maika ni obligado por la pareja de la guardia civil. Pero era caso pedido, estaba claro que la otra le había comido el coco y no había nada que hacer. Acabó diciéndome que no querían volver a quedar conmigo.

Mi situación procesal no podía ser peor: de una tacada me había quedado sin amigas y sin ligue. Otra vez tocaba tirar de agenda. Cada vez me duran menos las amistades. Quizás debería cuidarlas un poco más, pero bastantes cosas tengo en la cabeza como para encima aguantar rollos ajenos. Intenté quedar con una antigua amiga de la universidad, pero empezó a contarme que llevaba dos meses tirándose al segundo violín de la orquesta sinfónica, hasta que descubrió que también iba por casa de la clarinetista a afinarle el instrumento. Como la música ya me sonaba le di largas, no me fuera a interpretar toda la pieza. Una que conocía del gimnasio me dijo que ya quedaríamos, lo que traducido al cristiano quiere decir no quedaremos.

 Y mientras tanto seguía sin poder quitarme a Johnny de la cabeza, sus patillas, su mirada turbia, sus besos que saciaban mi sed, sus abrazos que me dejaban sin respiración. Como si fuera una desahuciada intentando aferrarse al picaporte de la puerta de su casa mientras los maderos tiran de ella, empecé a pensar que si su mujer le engañaba, y él ya veía de qué iba, esa pareja tenía menos futuro que la tuna compostelana en Eurovisión. Quizás debería aguantar el tirón a ver si la dejaba, y cuando eso ocurriera ser la primera en la lista de sustituciones. Por una vez no me importaría tramitarle el divorcio a un tío si después me quedaba con él. Pero volver después de las dos espantadas que le di me parecía rebajarme mucho, por mucho que el procesado estuviera como un queso.

En esas cosas me debatía el viernes tarde mientras acompañaba al pequeño a un cumpleaños. Allí todos tenían su media naranja; yo estaba con cara de haberme comido un kilo de limones. Todos felizmente casados y yo como la única desconsolada divorciada. Aun así, uno de los papás, en un aparte, me dijo que si tenía necesidades sexuales que no dudara en contar con él. Le agradecí el ofrecimiento, pero me excusé diciendo que no me gustaba ir de segundo plato, y más si la guarnición era a base de cardo. El sábado los niños se fueron con su padre y me quedé con las cuatro paredes nada más. Tirada en el sofá haciendo que veía la tele me asaltó la soledad acompañada de risas enlatadas y anuncios de cremas antiarrugas. Por una vez tuve pena de mí, al pensar que éste era el futuro que me esperaba, en casa muerta de asco. Entonces me acordé de lo que decía Johnny, no puedes dejar que la vida te adelante. Así que me puse mi traje más sugerente y tiré por tercera vez para el Jambalaya, dispuesta a acabar la instrucción del caso.

En la entrada ya no estaba el cartel que anunciaba el concierto, y dentro el ambiente era mortecino. Cuatro tíos de cuero apoyados en la barra y otros tantos desperdigados por las mesas. Ni traza del ambiente de sábados anteriores, ni pintas de que fuera a cantar nadie. Empecé a sospechar que Johnny no haría acto de presencia. Desorientada, me acerqué a la barra y pedí una cerveza. En la pequeña cabina donde estaba el dj divisé a Efe, que tras poner la música en piloto automático, pasó a saludarme.

 —Hoy todo es enlatado, nada fresco. —Aquel día llevaba un pañuelo pirata y un niqui de los Ramones que le daban un extraño acento bohemio.

— ¿Y dónde está Elvis?

—Pegó la espantada. Dijo que tenía problemas, que debía irse.

— ¿A dónde?

—No sé. Creo que es del sur, pero vete a saber tú dónde anda.

Me quedé pensativa. Otra oportunidad que pasaba de largo, otro tren que perdía. Efe continuó:

—Veo que Johnny te ha dejado huella.

—Bueno, no te creas.

—Ya te dije, fuera del escenario es otro cantar.

—Sí. Casado y mujeriego, un partidazo.

—Es un ave de paso, los conozco bien.

— ¿Tú también lo eres?

—No, yo trabajo en una gasolinera. La mayor parte de los clientes son gente que no volveré a ver. He aprendido a clasificarlos en los cinco minutos que tardan en repostar. Y con Johnny me sobran tres, no es un tipo recomendable como pareja.

—Así que gasolinero.

—Sí, soy el jalón en el camino de mucha gente que no sé de dónde viene ni a dónde va. Soy un punto fijo en el viaje eterno. Bajo mi marquesina el viajero llena el depósito, vacía la vejiga, coge fuerzas para volver a la ruta. Como en la vida, en el viaje se agradece encontrar un lugar en el que aliviar las penas del camino.

—Vaya, oyéndote hasta suena romántico. Y en tu tiempo libre, coges la moto.

—Por lo mismo, me gusta que la carretera me lleve, perderme por vías secundarias, los acantilados de la carretera de la costa, ir por la autopista con el pie en el acelerador. Ya te dije, estamos de paso, pero a dos ruedas se pasa mejor.

—No pensaba que los roqueros fuerais tan filósofos.

—Que te guste el rock no te convierte en un bruto. Al contrario, te exige estar alerta para que no te la claven.

—Pero yo pensaba que lo vuestro era cabalgar por el lado salvaje, sin más.

—Hay mucha literatura sobre ello. Los que ya tenemos una edad no podemos ir todo el día a tumba abierta. ¿Sabes que yo también tengo un grupo?

—Eres una caja de sorpresas.

—Somos cuatro colegas, tocamos por pasarlo bien, y de vez en cuando damos algún conciertillo por ahí. Hacemos versiones de Crazy Cavan, Stray Cats

— ¿De Elvis no?

—Alguna cae, pero también tenemos temas propios. Muchos son de mi cosecha. Dentro de poco iremos al bar de un colega, cerca de la playa. Si quieres, te invito.

—Y al acabar me dirás que eres casado, pero que lo vuestro no funciona, y volveré a caer como una boba.

—No te lo diré porque no es mi caso. Pero puede que me quiera tomar una birra contigo sentados en la arena, frente al mar.

—Solo hay un problema. Yo no voy de paquete.

—Te puedo enseñar a andar en moto y vas a tu bola.

—Eso suena mejor.

—Además, a mí no me importa agarrarme a tu cintura.

Quizás a mí tampoco, pensé mientras sacaba otras dos birras e intentaba recordar si Tomy Hilfiger tenía una línea de ropa motera.