lunes, 21 de noviembre de 2022

Arte Meme


 

Les presentamos la más firme candidata a astracanada del año, y eso que la competencia ha sido dura. Un tiktoker, esa profesión-afición-afán de exhibicionismo que hace estragos en todas las clases sociales, que atiende al nombre de Sunday Nobody, ha subido un video donde monta una cápsula del tiempo para que resista diez mil años. Todo un trabajo a base de madera, metal y hormigón armado. Estos sarcófagos suelen hacerse para legar a nuestros descendientes elementos importantes de nuestra civilización. Ya saben, un compendio del saber de la humanidad, las leyes que rigen el universo, archivos de las principales expresiones artísticas, los libros de recetas de Arguiñano y cosas así. Pero el muy guasón Sunday Nobody ha guardado en algún lugar de la extensa Canadá como recuerdo de nuestro tiempo unos Cheetos. La bolsa de chuches estará bien envuelta en resina para que no caduque en los diez mil años que le esperan. No son unos Cheetos cualquiera, no se crean, es de la especialidad Flaming Hot, que calientan el cuerpo y encienden el espíritu.

Dice que semejante idea es una perfomance de lo que define como Arte Meme, que utiliza elementos de la cultura contemporánea para crear abstracciones. Desde luego, la bolsa de Cheetos estará cien siglos abstraída y llegará al futuro totalmente descontextualizada. Ya nos gustaría saber qué pensarán los que se la encuentren allá en el futuro, si hay alguien para tales menesteres. Al menos los futuros arqueólogos lo tendrán más fácil porque el autor ha añadido un texto explicativo. No tendrán que especular si era el maná que comían los israelitas mientras vagaban por el desierto, o una droga alucinógena que se ingería en festines religiosos donde efebos vestidos de colores chillones emulaban a los dioses con un balón entre las piernas.

Quizás no sea tan mala elección. Podría haber metido las memorias del peluquero de Trump, los calendarios de Putin o los memes de Elon Musk. Al fin y al cabo, que mejor representación de una época basura que comida basura.

 

lunes, 7 de noviembre de 2022

El cuerpo del delito


 

Vivimos tiempos terroríficos, y no solo por las fechas que corren. Hasta las acciones más altruistas acaban explotándole a uno entre las manos, como le ocurrió al estadounidense Jim Stauffer. Cuando en 2013 murió su madre Doris víctima del Alzheimer, decidió ceder su cuerpo a la ciencia para que investigaran esa maldita enfermedad que exilia a tanta gente a los callejones del olvido. Firmó un documento con el Centro de Recursos Biológicos de Arizona, que se hizo cargo del cadáver. Un tiempo después le entregaron una caja con las cenizas de su madre. En principio todo correcto.

Años después Reuters descubrió a que se dedicaban realmente en aquel centro. Concretamente, a Doris le cortaron una mano para incinerarla y entregársela a su hijo. Al resto del cuerpo le esperaba un destino más agitado. Se lo vendieron al ejército, justo lo que había prohibido expresamente su hijo en el acuerdo firmado.

Los ejércitos están llenos de gente inquieta y con ganas de experimentar, y no precisamente con gaseosa. Ataron el cuerpo de la buena de Doris a algún cacharro y debajo pusieron una generosa cantidad de explosivos. La hicieron saltar por los aires. Era la mejor manera de saber qué pasa cuando estalla una bomba bajo un vehículo. Se ve que les faltaba imaginación y necesitaban datos empíricos. Convirtieron a Doris en carne picada. Todo sea el progreso del arte de la guerra, una de cuyas bases es saber de cuántas maneras puedes reventar al enemigo, o al amigo llegado el caso.

Se imaginarán cómo se le quedó el cuerpo a Jim al saber que el de su madre lo habían hecho picadillo. Junto con otros afectados por la poco ética y truculenta praxis de la institución han puesto una demanda. Pero resulta que el FBI cerró el centro en 2014, y su informe parece una secuela de la Matanza caníbal de los garrulos lisérgicos. Cuentan en él que tenían una nevera llena de penes, no se sabe si para hacer una comparativa, una sopa o para ponerlos en órbita. También se encontraron un gran torso sin cabeza, al que le habían cosido una cabeza más pequeña, el típico experimento que hace avanzar varias décadas la investigación científica. En fin, cerraron el museo de los horrores, a ver si los familiares pueden cerrar ese episodio como quien baja la tapa de un ataúd.