lunes, 29 de junio de 2026

Noche de ronda (y IV)

 

Tirso intentaba quitarse la mierda que velaba su vista para explicar a los criados las límpidas intenciones que le movían a adamar a Violante. Pero los otros eran unos mandados con un solo recado que dar, a saber, medirle las costillas al atrevido que se había puesto a rondar a una de las familias más importantes de Salamanca.

─ ¿Cómo se atreve un mierda como tú a pretender a una grande de España? ─le espetó uno de los lacayos entre palo y palo

─Vete a rondar a los de tu condición, a una cuadra ─díjole otro mientras rompía su vara en el lomo del rondador.

Después del aguacero de meados y el granizo de palos, Tirso entendió que el tiempo estaba muy revuelto y que con buenas razones no iba a salir del paso, por lo que echó a correr todo lo que le daban las piernas por ver si escampaba. Los otros tuvieron a bien acompañarle un buen trecho, hasta que acabaron de romper sus palos en el pobre galán. Aun así, solo paró su carrera al llegar a la casa de pupilaje. Molido a golpes, rebozado en mierda y con el corazón a punto de salirle por la boca, se encontró con Riquelme y los demás, que se hicieron los sorprendidos.

─Pero Tirso, por como vienes, se ve que has mojado ─dijo el gamberro.

─Violante es dama fogosa, que el amante se ha cagado de gusto ─dijo otro a pulmón batiente.

─Estos requiebros son dignos de Don Tragacanto de Meapolis, cuando fue a rondar a la condesa de los Siete Orinales ─se burló un tercero.

─Vosotros sabíais que me correrían y me preparasteis esta encerrona ─les echó en cara un dolido Terco.

─Nosotros solo creíamos que Violante estaba por tus huesos, pero no sospechábamos que os los quería quebrar todos ─respondió Riquelme.

─ ¡Así os parta un rayo a todos, mal nacidos! ─estalló Tirso.

─ ¡Cuida esa boca, deslenguado! Si no sabes aguantar una broma, vete del pueblo.

─ ¡No sin mandaros al infierno, malditos!

─Pues espera, que antes de ir te vamos a dejar un recado ─y entre todos le metieron otro repaso al pobre caballero, dejándolo tirado en una esquina en manos de la inconsciencia.


 


lunes, 15 de junio de 2026

Noche de ronda (III)


 

Cuando la luna bañó de plata la plateresca fachada del palacio del tercer conde de Trijueque, púsose Tirso bajo el balcón tras cuyos cortinones una trémula luz veíase entre sombras que iban y venían. Verdad era que no terminaba de ver claro semejante lance amoroso, que en las novelas de caballerías este tipo de desahogos no eran propios, pero si una dama demandaba que cantaran bajo su ventana, él obedecía servicial.

 

Asómate, asómate al balcón,

Carita de azucena, y así verás

Que pongo en mi canción

Suspiros de verbena.

 

Empezó a cantar como buenamente pudo mientras atrás Riquelme y compañía lo jaleaban por lo bajo.

 

Enredándose en el viento

Van las cintas de mi capa,

Y cantando a coro dicen

Quiéreme niña del alma.

 

En el balcón de la dama se percibió movimiento de cortinas, señal de que Violante estaba atenta al arranque de la serenata. Luego mataron la luz, que en eso entendió el rondador que la rondada rodaba embelesada hacia él, por lo que lo intentó con unos versos de su cosecha.

 

Soy cantor de la tierra de Ventorrillo

Traigo sones de veletas y postigos

Que van llenando balcones y pasillos.

 

El hacendado lirismo de aquellos versos pronto hizo mella en la dama, que Tirso bien oyó abrirse la puerta del balcón, señal de que Violante ya no era dueña de sí y quería responder a sus glosas. Sopesaba continuar con una estrofa a la manera de Petrarca o tirar a lo seguro y marcarse una coda de trovador provenzal, cuando algo lloviole de lo alto. Presto entendió que no era ninguna prenda de amor que Violante le ofreciera, pues aquellas aguas que por él cayeron en su olor y color eran en todo iguales a los orines. Y lo peor es que venían mezcladas con aguas mayores, particularmente unos zurullos de buen tamaño que cerraron la boca de Tirso de sopetón. Calado de arriba abajo quedó, y todavía no había digerido el mensaje implícito en la airada respuesta de Violante, cuando en el piso bajo se abrió una puerta lateral y por ella salieron cuatro lacayos mal encarados y armados con palos.

 

lunes, 1 de junio de 2026

Noche de ronda (II)


 

Como quiera que a Tirso no le apremiaran las querencias de amor, que solo el saber era su enamorada, no le impresionó que dama tan principal estuviera tras él, pero de aquella en adelante cada vez que cruzaba la plaza de San Martín hacía por ver a doña Violante. Riquelme y sus amigos siguieron insistiéndole que la dama estaba loca de amor, refiriéndole que un día al recibir la Sagrada Forma dejó escapar su nombre, que había mandado labrar en sus chapines una primorosa T, o que una vez que no pasó por la plaza diole a la mujer un vahído. Tantas historias contáronle sobre Violante que el bueno de Tirso alguna vez creyó ser observado tras los visillos del coche al pasar, y en cierta ocasión uno de los lacayos de la dama desde el pescante hizo una mueca en su dirección.

Aun así, Tirso procuraba centrarse en hipérboles, retruécanos y demás instrumentos que necesitaría para montar sus obras, y dejar los asuntos de amores para cuando hubiera sentado plaza en la república de las letras. Una tarde en la que intentaba digerir la filípica de su maestro de retórica sobre los estragos del anacoluto, le informaron de que una propia de la mismísima doña Violante le buscaba para hacerle entrega de una esquela de su señora. Todo era una artimaña de Riquelme y compañía, que habían convencido a una criada para que enredara a Tirso.

─Mi señora os pide disculpas por el atrevimiento, que bien sabe que es escolar muy aplicado y solo tiene ojos para los libros de cánones, pero le estaría muy agradecida si le concediera esta merced ─y entregole un billete. Cuando lo fue abrir, Tirso esto pudo leer: “Mis ojos han hollado su figura, pero mis oídos no conocen su voz. ¿Rondará bajo mi balcón para que su canto ahuyente mi melancolía?"

La elegante caligrafía, el perfumado olor de la esquela y lo discreto y ponderado del contenido convencieron a Tirso de que la misma Violante le emplazaba para que le diera serenata, acto oficioso con el que un enamorado daba a conocer sus intenciones para con una dama, sobre todo si era estudiante.

Riquelme y los bromistas que le bailaban el agua comenzaron a felicitar al galán, a decirle que iba a emparentar con uno de los grandes de España, a sugerirle versos que recitar o a prestarle una capa con la que resultar más pinturero bajo el balcón. Tanto marearon a Tirso que al final convino en hacerles caso e ir a rondar a Violante, sobre todo porque como caballero que era, consideraba su deber acceder a las demandas de una dama.

Así que cuando el sol se puso partió acompañado de Riquelme y los demás al palacio de Don Lope Gonzaga de la Goma y Pérez de la Purga, tercer conde de Trijueque, cuarto marqués de Tembleque, Comendador de la orden del Cirineo, Condestable del Santo Ciruelo de Jerusalén, tres veces grande de España y Gentilhombre de Cámara de Su Majestad para asuntos propios de su condición, donde vivía su hija Violante y luz de sus ojos. Como Riquelme parecía conocer mejor los entresijos de semejantes lances, Tirso dejose aconsejar por él. En vez de unos versos de su puño y letra, memorizó otros que corrían en aquellos tiempos y que al decir del tunante de Riquelme cautivaban corazones sin remisión. También le indicó el balcón donde la dama solía pasar su tiempo de asueto antes de retirarse a sus estancias.