lunes, 3 de mayo de 2021

Él vive (I)


Que conste en acta que fui yo la que propuse un cambio de aires, dejar por un día los pubs del ensanche y dar una vuelta por el casco viejo, cansada de ejecutivos de vía estrecha y de profesionales que no tienen donde caerse muertos. Maika quiso llevarme la contraria, pero esta vez Lourdes secundó la moción. Aunque no les apetecía cambiar de rutina, estaban aburridas de aguantar insustanciales, y eso que tampoco ellas eran de mucha chicha. Una dependienta de ropa infantil y una peluquera no dan mucho juego en la esgrima dialéctica a una abogada como yo, pero para servirme de cobertura tenían un pase. Es que los sábados a la noche para las recién divorciadas son duros. Después de tantos años del bufete a casa, bregando con niños y expedientes, se hace difícil volver al mercado.

Mucho me había costado darle el finiquito al padre de mis hijos, que aparte de participar en su gestación, en poco más había contribuido a la economía doméstica; un haragán que veía la vida desde el sofá con el mando de la tele como único argumento. La verdad es que aun siendo abogada divorcista lo mío me costó dar el paso, la maldita rutina que te anestesia. Pero acabé por convencerme de que me merecía algo mejor, un hombre de mi nivel económico y cultural. Lo que pasa es que no es tan fácil como parece, a los cuarenta el que no va de vuelta de todo, chamuscado por la vida, es que está todavía en la casilla de salida, sin saber de qué va la fiesta. Y no es que no tenga éxito entre los tíos, que es entrar en un sitio y quedarse todos mirando, aunque luego mis amigas, más zorras ellas, se lleven el gato al agua sea por lo civil o por lo criminal. Pero tengo que reconocer que a estas edades es más difícil que a los veinte, sobre todo porque no te puedes fiar de nadie. Hay muchos tipos a los que solo mueve el ánimo de lucro, a ser posible con tu dinero, y otros a los que solo motiva el usufructo de tu cuerpo y después hacen un concurso de traslados para no volverte a ver. Pero lo que más me desesperaba era lo desorientados que andaban la mayoría de ellos. Habían perdido su papel de machos dominantes y miraban a las mujeres con una mezcla de prevención y servilismo que tiraba de espaldas. Creo que el mundo moderno está hecho a la medida de las mujeres, y los hombres no van a conseguir ponerse a nuestra altura a base de echarse cremas y ponerse delantales. Sacar a paseo su lado femenino los convierte en unos patéticos pastiches.

Así que cansada de los mismos maniquís de siempre, sin mucha convicción, pero con ganas de ver mercancía nueva, nos perdimos por lo viejo. Maika y Lourdes pensaban que aquello sería como las favelas de Sao Paolo, pero solo vimos algún perroflauta y jipis trasnochados, la demás gente del montón en tascas llenas de mugre. Perdidas por el laberinto de callejuelas sin saber para dónde tirar, mientras aguantaba las quejas de Lourdes con sus zapatos nuevos, al fondo de una plazuela un cartel llamó nuestra atención. En el Jambalaya tocaba Elvis aquella noche. A las chicas pareció hacerles gracia, y como tampoco había mucho más donde elegir nos metimos dentro.

En tiempos el local había sido un irlandés del que quedaban todavía carteles de cerveza y antiguas fotos de Dublín, que convivían con una fea estatua de Caballo Loco en madera, sombreros vaqueros y grabados de estampidas de búfalos. Los parroquianos parecían sacados de algún casting de Grease: tipos con tupés, chupas de cuero, camisas de leñador, vaqueros con el dobladillo vuelto, y unas tías, feas casi todas, con vestidos de cuando mi madre era casadera. A pesar de la parafernalia, dictaminé que el ambiente era bastante obrerete. Ni que decir tiene que nos miraron como a bichos raros, y eso que subíamos varios puntos el nivel del local. Maika empezó a ponerse nerviosa, aquello no le iba. A mí tampoco me entusiasmaba, pero mientras sacaba unas cervezas me entró un tipo que dijo llamarse Efe y que ni con su tupé de un palmo se ponía a mi altura. Su chaqueta de flecos le daba un aire de maestro de ceremonias de un rodeo. Me preguntó si habíamos venido al concierto.

−Sí, bueno, un poco de casualidad.

−El Johny Cutter es la ostia, el tío lo clava al rey. Es el campeón de Europa de imitadores de Elvis, no te digo más, el puto amo.

−No sabía que lo de Elvis daba para tanto.

−Elvis fue el primero y el mejor, nadie le ha llegado a la suela del zapato. Cuando voy en mi moto oyendo Blue Suede Shoes mientras piso el acelerador, sientes cómo la libertad te empuja sobre el asfalto.

− ¿Qué pasa, te has saltado la condicional?

−No es eso. El rock te ayuda a cargar con esta vida de mierda. Y en la moto por un rato te crees el dueño de tu destino. ¿Te gustaría venir de paquete?

¿De paquete yo con un paquete como tú?, pensé mientras declinaba su oferta con una sonrisa y hacía como que tenía algo urgente que decirle a Lourdes, que ya se había quitado el abrigo y lucía vestido negro ajustado ante el que varios roqueros de barriga cervecera salivaban salvajemente. Maika también sacó sus encantos a relucir. Ni que decir tiene que ante mi vestido estampado fashion total de Custo Barcelona mis colegas parecían dos chachas endomingadas.

El rey iba a actuar sobre una ancha tarima en la zona más abierta del local. Su banda solo tenía en nómina a un escuálido guitarrista que llevaba todo grabado en un portátil para que Elvis solo tuviera que poner la voz. De pronto los cuarenta o cincuenta que llenaban el local se apretujaron ante el escenario y de los altavoces salió una música aparatosa con la que haría su entrada el rey de los imitadores. Pero acabados los compases, nadie se presentó.  Mirando al fondo del bar con cara de mosqueo, el guitarrista manipuló el ordenador para repetir la teatrera entrada, que acabó como la primera.

−Quiere alguien decirle a Cutter que salga, que tiene un concierto que dar –se oyó gritar cabreado por el micrófono al músico. Dos camareros se perdieron tras la puerta donde se escondía la estrella y al rato salieron haciéndole una seña de que todo estaba ok. Nosotras no podíamos con la risa, una vez que Maika con su escote imposible y Lourdes con su vestido ceñido se sintieran el centro de la fiesta.