lunes, 12 de febrero de 2024

Caro café

Pocas profesiones levantan tanto respeto y envidia como la de profesor. Son depositarios del conocimiento, trasmisores de la sabiduría, mentores de la juventud, referencia ética, y para muchos, los que tienen unas vacaciones de escándalo. Después, cada uno hace lo que puede o lo que le da la gana. Todos recordamos maestros inspiradores que conseguían que amáramos una asignatura, y a otros que mejor hubieran estado herrando burros que embruteciendo a sus alumnos. Y si a todo esto le sumamos el factor Japón, país que está en el planeta Tierra aunque a veces no lo parezca, surgen historias como la que hoy tenemos entre manos.

Empezando por el final, han despedido al director de un colegio de secundaria en la prefectura de Hyogo. Se preguntarán qué habrá hecho para medida disciplinaria tan expeditiva. Quizás organizó en las clases de filosofía maratones de Dragon Ball, y los críos destrozaron el aula y saltaron por las ventanas. Quizás en las clases de cocina ordenó sustituir el arroz por las alubias para hacer shusi, con las consiguientes explosiones incontroladas. Quizás intentó adaptar al Kabuki, teatro tradicional japonés, alguna zarzuela de manolas y chulapos, provocando cortocircuitos cerebrales entre los tiernos actores. Pues no, hizo falta mucho menos para ponerlo de patitas en la calle. El director solía acudir a una tienda a tomar café. Abonaba la bebida al dependiente y luego iba a la máquina dispensadora y se servía él mismo. Pero el malvado pagaba un café mediano y luego daba a la tecla del café grande. Pagaba 110 yenes por una consumición que costaba 180, unos 44 céntimos de euro de diferencia. El empleado del local se quedó con la artera maniobra, se lo recriminó y llamó a la policía. Sometido a un interrogatorio informal, confesó haber hecho semejante latrocinio dos veces más. A pesar del flagrante delito en que fue pillado in fraganti, en un alarde de magnanimidad la policía le dejó ir. Pero las desgracias del antisocial director solo habían empezado. La noticia llegó a la Junta de Educación, que volvió a interrogarlo. Aquí el hombre se vino abajo y lo confesó todo: había hecho la ilícita maniobra siete veces siete, con lo que lo estafado se elevaba a la exorbitante suma de 3.08 euros. La decisión fue inapelable. Despido por falta grave, impropia de un servidor público educativo. Ya se sabe, comienzas sisando en la máquina de café y acabas predicando contra el trono del crisantemo o cosas peores. Parece que el principal problema del sistema educativo japonés es qué tecla pulsan sus profesores. Lo del acoso escolar o las draconianas exigencias académicas son minucias colaterales. No sabemos de la suerte del director. Igual se ha convertido en un paria, quizás vaga por las calles pidiendo unos yenes para tomarse un café. O quizás haya dado el siguiente paso, esté predicando la utopía libertaria en las puertas del metro.