lunes, 16 de noviembre de 2020

Caza fantasmas


 

La gente estaba mal de antes, con lo de ahora ya van cuesta abajo sin frenos. La pandemia ha dado alas a ideas peregrinas que explican qué hemos hecho para merecer esto y quién ha soltado los perros de la guerra. Unos apuestan por el clásico contubernio judeo alienígena que busca convertirnos en zombis que curren de mineros en el cinturón de asteroides. Otros ven un complot de Putin, Soros y los maragatos para implantarnos chics en el píloro. También hay partidarios de un experimento planetario de la asociación de psiquiatras argentinos para trabajarnos el ego por las bravas. Sospechamos que tras tanto desvarío lo que hay es un poco de miedo y un mucho de tedio por meter tantas horas en casa. Apuntalamos la teoría con una noticia de Bélgica, entrañable país cuyos habitantes parecen haber nacido antes de los dolores. Wim Coppens y tres colegas tienen una asociación sin ánimo de lucro dedicada a investigaciones paranormales. Hace poco declaró a una tele pública que no dan abasto con llamadas reportando todo tipo de fenómenos extraños en domicilios particulares. El personal pasa mucho tiempo en casa y acaba flipando, encontrando versos del Necronomicón en los paquetes de lentejas y viendo la sombra de Nosferatu tras las cortinas de la ducha. Meses de encierro es lo que tienen, te acabas cruzando por el pasillo el fantasma de la tía Enriqueta, ves a Elvis vaciando el mueble bar o al bajar la tapa del retrete oyes gritos ahogados de valquirias. Coppens es un tipo pragmático, asegura que la mayor parte de las incidencias tienen explicaciones pedestres, cañerías que rechinan pidiendo la jubilación, cuadros eléctricos de cuando Matusalén se meaba en la cama, la luz del espejo del baño que se refleja en la botella de Campari proyectando en el techo algo parecido al santo grial, o insectos royendo las entrañas de madera. Aun así, la clientela está alborotada, al primer crujido del parqué creen oír las trompetas del apocalipsis y luego vete tú a decirles que no es para tanto. Menos mal que por aquí esas cosas no pasan, tenemos los pies en el suelo, y generalmente fuera de casa.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Ropa sucia


 

Los judíos son un pueblo con una larga historia. En ella han tenido que bregar con mandatarios de todos los pelajes, empezando por los faraones del país del Nilo y terminando con los presidentes del país de los yanquis. Al primero le administraron siete plagas por ponerse terco, a los últimos les han condenado a lavar su ropa sucia, que para eso son el pueblo elegido. Eso es lo que se desprende de unas declaraciones de funcionarios de la casa blanca, hartos de que cada vez que el primer ministro israelí pasa por Washington lo hace con media docena de maletas llenas de ropa sucia. Netanyahu, haciendo gala quizás de la proverbial racanería judía, aprovecha el servicio de lavandería de sus anfitriones para hacer la colada a coste cero. Según las mismas fuentes, no hay visita en la que no les haga la misma jugarreta.

Si hay algún lugar donde la ropa quede blanca de verdad, ese será posiblemente la casa blanca. Políticamente sin embargo, conviene lavar los trapos sucios en casa, no sea que alguno se vaya de la lengua contando los lamparones y palominos que van dejando por ahí. Otra cosa es que Netanyahu se sienta en los USA como en casa, que el lobby judío manda mucho por allí y las facturas las pagan otros. También es verdad es que los americanos llevan años blanqueando la política israelí, sobre todo en su relación con los palestinos, por lo que es normal que el primer ministro tire luego de sus lavadoras y secadoras. El asunto no deja de ser una ridiculez de los Netanyahu, que tiene aversión a pagar la lavandería, pero sea Biden o Trump el que gane las próximas elecciones, seguro que el amigo judío seguirá haciendo su colada allí. Y dadas las confianzas que se toma, yo no perdería de vista las toallas.

lunes, 19 de octubre de 2020

Profesional


 

Cumplir con las obligaciones profesionales siempre ha sido tarea dura, pero en estos tiempos de pandemia llega a ser labor heroica. Hoy traemos el caso del esforzado docente Patrick Wilson, que imparte su magisterio así se pare el mundo. Este profesor mandó un correo a sus alumnos avisándoles de que debía cancelar alguna clase y retrasar un examen. Uno de los estudiantes le preguntó a qué se debían los cambios en la programación. El señor Wilson le respondió que le habían disparado y estaba en urgencias a ver si le sacaban el plomo del cuerpo. Como las desgracias no vienen solas, le hicieron una prueba y dio positivo en coronavirus. No se sabe si llevaba mascarilla cuando fue tiroteado, así que bien pudo pillar el bicho en otro sitio. Por ejemplo, en una discusión con su mujer, que le estaba engañando con otro. No hay datos sobre si los tiros tenían que ver con los devaneos de su cónyuge, si el virus se lo pegó algún alumno o el amante de su mujer estornudó sobre su cepillo de dientes. Sea lo que sea, a esto se le llama tener una mala racha, o ser gafe de manual. Pero el hombre, con el cuerpo y el alma dolorida, no olvidó a sus alumnos, informándoles de que si el lunes siguiente seguía vivo, tendrían examen.

El deber ante todo, que lo del covid y el tiro le pasa a cualquiera, y con las mujeres ya se sabe. En un correo posterior les dijo a sus alumnos que esperaba que en el examen, que sería on line, no le engañaran como hizo su esposa; bastante cruz es que te ponga los cuernos la parienta como para que también lo hagan tus estudiantes. Se preguntarán qué más puede pasarle al señor Wilson, pero mejor no tentar a la suerte, ni siquiera él está libre de una inspección de hacienda, o que su nuevo vecino sea un enamorado del trombón de varas. Ojalá haya tocado fondo, pues solo le queda mejorar en lo personal, no lo en lo profesional.