lunes, 21 de septiembre de 2020

Psicofonías sexuales (IV)

Psicofonías sexuales




Mientras repetía Odium humani generis, Tenochtitlan, Odium humani generis se fue desnudando. Yo estaba acojonado por el costo fumado y el ataque preventivo que me barruntaba de la heavy, pero ver sueltas aquellas tetas con cruces invertidas tatuadas y un macho cabrío encima del coño me puso más cachondo que piratear Netflix. La calavera de pareja que me había echado solo tenía oídos para los aullidos que salían de la cinta y sus monsergas, pero al quitarse el tanga y ponérseme encima me pilló con la polla tiesa esperando su visita. Se movía con la rabia de todas las calderas del infierno. Mira que he tenido citas raras, pero pocas como esa, al lado de un pueblo en ruinas con sus muertos gritando desde un casete y poseído por una posesa. Es difícil hacer el amor en un simca mil, pero en la furgo de una satánica tampoco es fácil por más que no hubiera problemas de espacio. La reina de la noche de Belchite se agitaba como una loca mientras gritaba Antofagasta, Halicarnaso, Samarcanda y cosas parecidas, que no sé si había aprendido en Pasa Palabra o le salían en los huevos Kínder. La chica tenía algo especial, la chica era guerrera con sus tetas apuntando como misiles a mis empañadas gafas. Yo quería bailar la guerra mientras ella gritaba Dies irae, Peloponeso, Dies irae, y sus uñas como cuchillas de afeitar cruzaban mi espalda de arriba abajo, que parecía que me estaba follando a Eduardo Manostijeras. De pronto puso los ojos en blanco y el cuerpo tieso como una tabla, luego sus tetas de goma dos y nitroglicerina empezaron a temblar como en el terremoto de San Francisco. Me clavó las uñas en la espalda y empezó a susurrar como un mantra Pernambuco, Pernambuco. Satisfecha, se tiró a un lado mientras de la cinta maldita seguían saliendo tiros y gritos. En el infierno hay mucho vicio, bien lo sabía Paki, que no contenta con lo que le di se puso a acariciarse el chocho al ritmo del casete y un Salve Satán, Vladivostok, Salve Satán. Como a mí no me había dado tiempo a correrme fui a montarla por acabar la faena, pero de otro arreón me quitó de encima y me soltó un cáscatela en la calle que no me pareció muy constructivo. En fin, que entendía suficiente de psicología satánica como para saber que Paki estaba todavía haciendo el duelo del pavo que la había chuleado. Me daba que esto era el principio de una relación de largo recorrido, ir tan lejos para una primera cita no tenía otra explicación. Era apasionada y le gustaba mi chorizo, seguro que vendría a por más.


 

lunes, 14 de septiembre de 2020

Psicofonías sexuales (III)


 

—Hola, mamoncete, ¿qué haces por aquí? —me soltó nada más parar la furgo en la que pasó a buscarme. Pisándole fuerte autopista adelante me fue contando el programa de fiestas. Íbamos a Belchite, pueblacho abandonado tras la guerra civil, a grabar psicofonías. Las voces de los muertos me ponen mogollón dijo con mirada viciosa. A mí también, le seguí la corriente a la muerta viviente mientras me concentraba en sus tetas. De camino me contó cómo le había roto el corazón otro seguidor del diablo que le ponía los cuernos con una colega de secta. Vale que se la follara, pero no va el cabrón y me suelta que se había enamorado, es que flipo, tío, se quejó entre lingotazo y lingotazo de cerveza. El romanticismo está matando el amor respondí entre caladas del porro que me pasó y que me dejó como si me asfaltaran el cerebro.

Al atardecer llegamos a Belchite, Paki medio ciega y yo flipado entero. Aparcamos a las afueras, sacó un espray y dibujó en el suelo un círculo satánico. En el puto medio puso un radio casete de cuando Escorbuto potaba por las esquinas, pues según la experta para grabar a los del más allá hay que usar material analógico. Le dio al record y nos metimos al coche mientras la cinta daba vueltas en medio del círculo, a la escucha de almas en pena. Paki improvisó una oración a base de dolores, almas atormentadas, prisiones infernales, unas gotas de odio y palabrejas raras. Yo me hice una composición de lugar: si una siniestra te trae hasta Mordor es que quiere tema, así que intenté meterle mano. Me respondió con un manotazo mientras seguía su cháchara con los ojos cerrados, como en trance, invocando a Belcebú o a Benny Hill, vete tú a saber. En vista de que seguía a lo suyo sin mirarme, tentado estuve a hacerme una paja para no irme de vacío, cuando salió a recoger la cinta que ya había acabado. Yo creía que aquel cachivache como mucho grabaría los ronquidos de algún saltamontes, pero hete aquí que lo que salió del escacharrado radiocasete fue algo realmente terrorífico: el Payo Juan Manuel cantando Una vieja y un viejo van pa Albacete. Paki se cagó en los muertos más frescos de todos los payos y gitanos, y dijo que el casete era de su viejo. Corrió hacia delante la cinta, le dio la vuelta, y desaparecieron viejos y payos. De hecho, durante un rato nadie aparecía ni a saludar, algo que ya sospechaba, pero no le iba a quitar la ilusión a Paki. El silencio era incómodo, mi churri con los ojos cerrados a la espera y yo sin saber si intentar otro acercamiento antes de que apareciera Belcebú y me chafara el plan. La vieja cinta se pasó cinco minutos sin nada que decir, hasta que de repente sobre el ruido de fondo brotaron repiques de campana, gemidos, ráfagas de metralleta y otros ruidos raros. La verdad, a mí me parecía un trozo de la Chaqueta metálica u otra por el estilo, pero el caso es que Paki se puso como una moto.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Psicofonías sexuales (II)


 

Pasaron las semanas y la morena vestida de negro parecía que se la había tragado la tierra. No volvió por el bar, no la vi por la calle, nadie supo darme razón. Quizás hubiera escapado un rato de una peli de Chucky, o fuera una semidiosa de World of Warcraft de paso por el barrio. Al principio estaba dispuesto a buscarla en Groenlandia, en Perú o en los anillos de Saturno. Luego fui dejando pasar la cosa, como me suele ocurrir.

El cuerpo es sabio, y más el mío, y gracias a él me reencontré con Paki. También se lo debo a Marisol y a sus callos picantes, que despertaron mis almorranas de tal manera que no me daban cuartelillo ni de día ni de noche. Tuve que ir al médico y en el centro de salud estaba ella. Nada más verla en la sala de espera me sentí igual que una cabeza tractora de mil caballos subiendo escaleras arriba. Pensé en qué haría mi adorado Harry el Sucio si se viera en otra igual, saqué toda la artillería y me senté a su lado. Visto lo frío que fue nuestro primer encuentro no lo mencioné ni ella parecía recordarlo.

Puse la mirada de sobrado que tanto resultado me había dado otras veces, en plan si te vienes conmigo tía no necesitarás volver a actualizar el antivirus. Lo de qué hace una chica como tú en un ambulatorio como este la pilló desprevenida, cuando le dije que me gustaba el toque vintage de su camiseta con el tío Creepy siguió en sus trece. Luego le hablé de Freddy Krueger y de La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos, que viera que controlaba los clásicos. Su escote dejaba ver una calavera tatuada en el canalillo, llevaba piercing en la lengua y la nariz, y una cadena marcaba su cintura con elegancia de ferretería. Nunca he sido muy del gremio, pero más vale ser heavy que maricón de playa. Al principio me miraba con ganas de bailar sobre mi tumba, luego me siguió el rollo al confesarle que me sabía capítulos de carrerilla del Señor de los anillos. Cuando parecía que la llevaba a mi terreno llegó mi turno y fui a la consulta del médico a confesarle mis problemas más íntimos. Pero al salir seguía allí, y supe tocar la tecla adecuada: la invité a una birra. Tras pasar ella por manos del matasanos cayó en las mías. La tía era una esponja, y bien empapada de cerveza se fue soltando. Le gustaba lo paranormal, los demonios, los orcos, los arcanos, Black Sabbath y las palabras exóticas, y medio dejó caer algún desengaño sentimental. Después de pasarme toda la tarde financiándola botellín tras botellín conseguí su móvil, y al despedirnos me dedicó un eructo cervecero en el que iba implícito cierta complicidad. La semana siguiente la sometí a un bombardeo de emoticonos diabólicos, citas del Necronomicon, videos de casquería fina y esta labia que me caracteriza a jornada completa, hasta que conseguí una cita con ella.