Cuando la luna bañó de plata la plateresca fachada del palacio del tercer conde de Trijueque, púsose Tirso bajo el balcón tras cuyos cortinones una trémula luz veíase entre sombras que iban y venían. Verdad era que no terminaba de ver claro semejante lance amoroso, que en las novelas de caballerías este tipo de desahogos no eran propios, pero si una dama demandaba que cantaran bajo su ventana, él obedecía servicial.
Asómate, asómate al balcón,
Carita de azucena, y así verás
Que pongo en mi canción
Suspiros de verbena.
Empezó a cantar como buenamente pudo mientras atrás Riquelme y compañía lo jaleaban por lo bajo.
Enredándose en el viento
Van las cintas de mi capa,
Y cantando a coro dicen
Quiéreme niña del alma.
En el balcón de la dama se percibió movimiento de cortinas, señal de que Violante estaba atenta al arranque de la serenata. Luego mataron la luz, que en eso entendió el rondador que la rondada rodaba embelesada hacia él, por lo que lo intentó con unos versos de su cosecha.
Soy cantor de la tierra de Ventorrillo
Traigo sones de veletas y postigos
Que van llenando balcones y pasillos.
El hacendado lirismo de aquellos versos pronto hizo mella en la dama, que Tirso bien oyó abrirse la puerta del balcón, señal de que Violante ya no era dueña de sí y quería responder a sus glosas. Sopesaba continuar con una estrofa a la manera de Petrarca o tirar a lo seguro y marcarse una coda de trovador provenzal, cuando algo lloviole de lo alto. Presto entendió que no era ninguna prenda de amor que Violante le ofreciera, pues aquellas aguas que por él cayeron en su olor y color eran en todo iguales a los orines. Y lo peor es que venían mezcladas con aguas mayores, particularmente unos zurullos de buen tamaño que cerraron la boca de Tirso de sopetón. Calado de arriba abajo quedó, y todavía no había digerido el mensaje implícito en la airada respuesta de Violante, cuando en el piso bajo se abrió una puerta lateral y por ella salieron cuatro lacayos mal encarados y armados con palos.

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