lunes, 1 de junio de 2026

Noche de ronda (II)


 

Como quiera que a Tirso no le apremiaran las querencias de amor, que solo el saber era su enamorada, no le impresionó que dama tan principal estuviera tras él, pero de aquella en adelante cada vez que cruzaba la plaza de San Martín hacía por ver a doña Violante. Riquelme y sus amigos siguieron insistiéndole que la dama estaba loca de amor, refiriéndole que un día al recibir la Sagrada Forma dejó escapar su nombre, que había mandado labrar en sus chapines una primorosa T, o que una vez que no pasó por la plaza diole a la mujer un vahído. Tantas historias contáronle sobre Violante que el bueno de Tirso alguna vez creyó ser observado tras los visillos del coche al pasar, y en cierta ocasión uno de los lacayos de la dama desde el pescante hizo una mueca en su dirección.

Aun así, Tirso procuraba centrarse en hipérboles, retruécanos y demás instrumentos que necesitaría para montar sus obras, y dejar los asuntos de amores para cuando hubiera sentado plaza en la república de las letras. Una tarde en la que intentaba digerir la filípica de su maestro de retórica sobre los estragos del anacoluto, le informaron de que una propia de la mismísima doña Violante le buscaba para hacerle entrega de una esquela de su señora. Todo era una artimaña de Riquelme y compañía, que habían convencido a una criada para que enredara a Tirso.

─Mi señora os pide disculpas por el atrevimiento, que bien sabe que es escolar muy aplicado y solo tiene ojos para los libros de cánones, pero le estaría muy agradecida si le concediera esta merced ─y entregole un billete. Cuando lo fue abrir, Tirso esto pudo leer: “Mis ojos han hollado su figura, pero mis oídos no conocen su voz. ¿Rondará bajo mi balcón para que su canto ahuyente mi melancolía?"

La elegante caligrafía, el perfumado olor de la esquela y lo discreto y ponderado del contenido convencieron a Tirso de que la misma Violante le emplazaba para que le diera serenata, acto oficioso con el que un enamorado daba a conocer sus intenciones para con una dama, sobre todo si era estudiante.

Riquelme y los bromistas que le bailaban el agua comenzaron a felicitar al galán, a decirle que iba a emparentar con uno de los grandes de España, a sugerirle versos que recitar o a prestarle una capa con la que resultar más pinturero bajo el balcón. Tanto marearon a Tirso que al final convino en hacerles caso e ir a rondar a Violante, sobre todo porque como caballero que era, consideraba su deber acceder a las demandas de una dama.

Así que cuando el sol se puso partió acompañado de Riquelme y los demás al palacio de Don Lope Gonzaga de la Goma y Pérez de la Purga, tercer conde de Trijueque, cuarto marqués de Tembleque, Comendador de la orden del Cirineo, Condestable del Santo Ciruelo de Jerusalén, tres veces grande de España y Gentilhombre de Cámara de Su Majestad para asuntos propios de su condición, donde vivía su hija Violante y luz de sus ojos. Como Riquelme parecía conocer mejor los entresijos de semejantes lances, Tirso dejose aconsejar por él. En vez de unos versos de su puño y letra, memorizó otros que corrían en aquellos tiempos y que al decir del tunante de Riquelme cautivaban corazones sin remisión. También le indicó el balcón donde la dama solía pasar su tiempo de asueto antes de retirarse a sus estancias.