lunes, 5 de mayo de 2025

Amor y fe (y VII)


 

–También cae dentro de los dominios del pecado, pero a ojos de Nuestro Señor sería menos ofensivo si para saciar nuestro deseo te conociera analmente.

– ¿Qué quieres decir?

–Que a ojos de Nuestro Señor el orificio anal no reviste la misma trascendencia que la vagina.

–Quieres decir que para contentar a tu señor me quieres dar por culo– le empecé a gritar.

–No mujer, así dicho suena muy crudo, pero…–no le dejé terminar.

– ¡Y tan crudo, quieres romperme el culo para no escandalizar a tu Dios! ¡Serás cabrón!

–No hables de esa manera, amor– intentó tranquilizarme poniendo carita de angelote de Murillo.

Amor, amor, decía el desgraciado. Si es que era como todos. De eso se trataba. Mucho hacerse el estrecho y el mojigato para que luego me venga con ésas. Mira que me han pedido cosas raras en esta vida con las razones más peregrinas, pero pedirme que me deje encular por el amor de Dios ya pasaba de castaño oscuro. Así que todos estos largos prolegómenos eran para ponerme tan cachonda que ya me diera igual por donde me la metiera, por el culo, por la oreja, por donde sea que ésta está más mojada que el mapa de las Azores. Si es que andando entre curas tarde o temprano tenía que salirle la vena bujarrona.

Aparte de que no estaba por la labor de poner mi culo en ofrenda en el altar de nuestro amor, semejante propuesta tuvo el efecto de romper el hechizo que me tenía atada a Sebas. Él daba por descontado que me iba a poner a cuatro patas nada más me lo pidiera, por lo que se quedó desconcertado ante mi sonora negativa acompañada de un coro de insultos que sacarían los colores hasta a la pescadera más deslenguada.

Ante la que le estaba cayendo intentó volverme a su redil, tranquilizarme diciendo que otras habían accedido sin tanto remilgo. Encima eso. Yo me sentía engañada por un tipo que fríamente había planeado sodomizarme desde el primer momento que me vio y que además esperaba que le diera las gracias. ¡No te puto pilles con un creyente! ¡Menudos son los católicos! Con la iglesia he topado y casi pierdo el culo. Allí mismo le mandé a que buscara refugio en el trasero de algún sacristán y se fuera olvidando del mío, que no iba a volver a ver en toda su puta vida. Por mi se podían ir él, su señor, su iglesia y toda la comunidad ecuménica a hacer puñetas. E hice votos de ir a buscar ya mismo a algún ateo, o cuando menos agnóstico, que follara como Dios manda. Y en lo sucesivo iba a sustituir mi trato con los hombres por un dildo y un loro. Con el dildo le doy gusto al cuerpo, y el loro me hace la misma compañía que un tío y tiene más conversación.

lunes, 21 de abril de 2025

Amor y fe (VI)


 

Pero en cuestiones de sexo mi amorcito siempre iba a remolque, prestando más atención a sus oficios que a mis orificios. Ahora que pasábamos horas recorriendo nuestros cuerpos, que había besado sus más recónditos lugares y que él se había perdido mil veces entre mis senos y mi sexo, todavía no parecía darse cuenta de que yo lo que quería era que me penetrara, que me la metiera toda cuan larga era y se dejara de sexo bizantino.

–Ya no me vale tu lengua lenta sobre mi chocho ni tus juegos malabares, yo quiero más y lo quiero ya, caray, que llevo aquí seis meses como una monja esperando a que te decidas y no aguanto más. ¡Házmelo ya! –le grité.

Se quedó cabizbajo, triste. Joder con los tipos sensibles. Para una vez que encuentro el amor resulta que se le olvida el sexo. Después de insistirle, por fin soltó prenda.

–Verás, cariño, sabes que te quiero. No imagino mejor suerte que estar a tu lado. Te llevo siempre dentro de mí y doy gracias a Nuestro Señor el haberte conocido. Pero sabes muy bien lo importante que es para mí vivir de acuerdo con mi fe, y cuál es el mandato del Señor en lo referente a las relaciones antes del matrimonio. No soy de los que cree que antes de pasar por el altar esté prohibido cualquier tipo de juego erótico, pues como ves me he entregado a ellos con pasión y he besado tu cuerpo miles de veces. Pero hay una barrera que no se puede traspasar sin cometer un pecado irreparable, y ésa para mí es que sólo penetraré en la vagina de la mujer que sea mi esposa ante Dios– dijo con solemnidad mirándome fijamente.

– ¿Qué dices, que me tengo que casar contigo para que me hagas el amor? –dije atropelladamente y mirándole alucinada.

–Sí, para mí es un acto de entrega total que sólo a mi esposa legítima le corresponde– siguió remachando, pero ahora con la mirada baja.

–Pues me gustas mucho, pero para hablar de matrimonio todavía es un poco pronto –desde luego, en ese momento precisamente no estaba pensando en el traje de novia.

–Ya lo sé. Yo pienso lo mismo, por eso te digo que tenemos que esperar, amor mío. –Apretó los labios como gesto de resignación y me atrajo hacía él.

– ¿Esperar a qué? Llevo semanas ardiendo en deseo. No puedo estar así indefinidamente. –Dejé que corriera el aire entre nosotros, que no estaba por resignarme entre sus brazos.

–Te entiendo, cariño, a mí me pasa algo parecido. Pero tenemos que esperar– se quedó callado mientras parecía batallar con alguna idea que le rondaba. – Aunque también cabe otra posibilidad…–dijo tímidamente.

– ¿Cuál?

lunes, 7 de abril de 2025

Amor y fe (V)


 

En fin, dispuesta a quemar etapas, tomé las riendas del asunto, no nos fuera a llegar el fin del mundo y yo sin conocerle bíblicamente. Una tarde en mi casa le quité los pantalones y la camisa y yo me deshice de todo lo que llevaba encima, cosa que no pareció desagradarle. Puso cara de niño travieso cuando me vio las tetas y luego se perdió entre ellas ni sé el tiempo. Esto va, pensaba yo. Se quitó los calzoncillos y por fin pude verlo como su madre lo parió. Su pecho acogedor, tripa suave, las piernas largas y velludas, culito de bocadito y su pene encantado de verme por fin sin velos interpuestos.

Lenta, concienzudamente, puso manos a la obra y trazó con pulso firme un mapa de mi cuerpo, besando cada pliegue, repasando cada poro, deteniéndose en mis montañas y en mi húmeda fuente, midiendo mi piel centímetro a centímetro. Nunca nadie me había recorrido con tanta dulzura y parsimonia. Estaba rendida, en sus manos, presta a ser suya. El seguía estudiándome como un alumno aplicado, conocedor del cuerpo de una mujer y receptivo a mis respuestas. En esta lluvia de caricias estuvimos hasta que de repente dijo que era tarde y que se tenía que ir. Otra vez me dejó con la miel en los labios. Pensaba que acabaríamos haciendo el acto y todo quedó en un entreacto. Otra vez tuve que dormir sola por culpa de uno de esos mandamientos que algún profeta con el cerebro frito por el sol había mandado guardar so pena de arder en el infierno. Mientras, yo ardía sola en mi cama.

Que una mujer hecha y derecha como yo se dedicara a estas alturas de la película a las caricias y arrumacos ad nauseam era algo hasta chusco, pero había que respetar las convicciones de mi amorcito y no forzar la máquina. Además, a saber qué cargos de conciencia le estarían corroyendo por dentro, enfrentado a su deseo de vivir cristianamente y a las ganas de vivir en pecado junto a mí. Aun así, seguí empujando en nuestros juegos a ver si avanzábamos. Ni abrió la boca para rechistar cuando le propuse el sexo oral, comprobando que también en esta disciplina no era un recién llegado, lo cual me complació mucho. Ya metidos en harina acabamos masturbándonos mutuamente, con lo que parte de la tensión sexual que flotaba en el aire se diluyó un poco. La cara de felicidad que puso Sebas después de que yo le diera a su zambomba me decía que su lívido andaba muy revuelta también, por mucho que sus creencias le dijeran que no.