─Buenos días, señor. Vengo a pedirle la mano de su hija.
─Nos sentimos muy honrados, pero estoy en la obligación de informarte de la peculiar personalidad de mi hija.
─Yo la quiero en lo bueno y en lo malo.
─Eso te honra, pero quizás no pienses igual cuando la veas pasear de noche por el cementerio vestida de lagarterana.
─Yo quiero que cumpla todas sus fantasías.
─Está bien, pero que sepas que se arranca a cantar el himno del Betis cada vez que pisa un Zara.
─Esa naturalidad la hace única.
─Y sabe que ella y las atorrantes de sus amigas frecuentan los mejores salones de té de la ciudad poniéndose hasta las cartolas de carajillos.
─Es una costumbre que tienen desde la adolescencia, es parte de su encanto.
─ ¿Te sientes con fuerzas para vivir con ella y su colección de miles de tapacubos?
─Ni siquiera eso conseguirá tapar la boca a nuestro amor.
─Y lo de pasar las vacaciones en una piscifactoría, ¿qué te parece?
─Es una buena alternativa a la masificación playera.
─En fin, solo me queda advertirte que come los morros de cerdo con las manos.
─Bueno, yo a veces me como las uñas.
─ ¿Qué dice? ¡Desahogado! ¡Atorrante! No daré la mano de mi hija a un tipo tan vulgar, ¡fuera de mi vista, gañán!

