lunes, 21 de julio de 2008

Obras y amores de Quinto Terco. Cap. III Tarraco


Con el nuevo día, Pomponio le propuso a Quinto:

-Mira, nunca he oído a nadie cantar como tú, por las sandalias de Apolo que enamoras a quien te oye. Te propongo que te unas a nuestra compañía. Hoy es poco lo que podemos ofrecerte, pero nuestra suerte está a punto de cambiar.

Nada más quería escuchar Quinto, que desde que llegó sintió otra vez el calor de hogar como el de la taberna de su madre y en Pomponio encontró no solo el amante de una noche sino un maestro. Feliz hizo su entrada en una aldea en la que ejecutaron unos cuantos números de circo y él cantó un par de canciones que movieron a los lugareños a aflojar sus ceños y sus bolsas. Cándido, el más viejo de la compañía, le comentó que con sus versos ya no tendrían que salir al galope de los pueblos como sucedía las más de las veces.

Con paso mortecino tiraban las mulas de las carretas a la caída de la tarde, mientras Pomponio y Quinto hablaban en el pescante.

-Mira, esta vía lleva directamente a Tarraco, capital de la provincia y una de las más grandes ciudades de Hispania. Hacia allá nos dirigimos, que grandes oportunidades nos aguardan, por las legañas de Hércules. Me ha llegado la noticia de que en la ciudad se hallan Sexto Parco y su esposa, Gala Rala, caballero romano que conozco tiempo ha, amigo del juego, el teatro y los jovencitos. Si nos ponemos bajo su protección no ha de faltarnos nada, y con satisfacer su vanidad, dejaremos de errar por estos caminos.

-¿Y cómo se satisface la vanidad de un caballero romano, que yo no he tratado más arriba de centuriones?

-Tiene inclinaciones literarias, aunque ninguna dote. Habrá que alabar sus escritos, a pesar de que cuando los lee en alto hasta las musas corren a refugiarse en el Hades por no escuchar tanta necedad una detrás de otra. Además, seguro que se prenda de ti, moreno mocetón, que en Roma tuvo un amante íbero de tu gracia.

-Si el viejo verde nos da para vivir, ya le daré yo vida alegre, que soy bien agradecido. Y Tarraco bien vale un revolcón, y quizás alguno más.

-Veo que me entiendes. Con la adulación y el fingimiento podemos vivir de la liberalidad del licencioso Sexto el tiempo que queramos. Y él nos introducirá entre la aristocracia de la ciudad, donde las oportunidades de ganancia no han de faltar.

-¡Vamos pues! ¡Tarraco espera! Gritó al horizonte tras el que se hallaba la primera ciudad que pisaría Quinto, y ya la sangre juvenil bullía en sus venas, ansiosa de novedades.

Cuando al fin estuvieron bajo las murallas de Tarraco, enmudeció Quinto ante los grandes lienzos que abrazaban la ciudad haciéndola inexpugnable, cerrándola sobre sí misma y abriéndola al mar. Señoreaba desde su privilegiada situación todos los contornos, y se sintió Quinto empequeñecer ante los tejados de los templos y los palacios de la ciudad alta que parecían acariciar los cielos, que a su parecer así debían ser los de Troya. Pomponio sintió el penetrante y familiar olor que desprende una ciudad, mezcla de calor animal y sudor humano, humo de figones, aceite quemado e inmundicias acumuladas en las esquinas de las calles.

-Por fin el olor de la civilización, por las canas de Neptuno, cuanto lo echaba de menos.

Tarraco, capital de la provincia de la Hispania Citerior, centro de vino y vicio, poseía un puerto floreciente al que llegaban artesanías de Alejandría, tan caras como frágiles, cortesanas griegas recién licenciadas en hacer el amor a cualquier tipo de ser animado, perfumes de Corinto que embotan el cerebro o manufacturas de Italia, caras y resistentes, y hasta sedas del más remoto oriente, mientras de allí salían el vino y el aceite íberos. Gentes de todo el imperio llenaban sus populosas calles, los foros y mercados. Quinto nunca se había movido entre un gentío tan variopinto, y todo le arrastraba: el esclavo negro de mirada humillada y cuerpo apolíneo, la dama que pasaba en una silla de mano, lánguida y ensimismada; el barbero adecentando a sus clientes a la puerta de su local; el comerciante judío cerrando un trato con el armador libio, los cosetanos, naturales de la región, cejijuntos semi bárbaros amigos de la bronca y la molicie apostados en los cruces de las calles a ver que podían distraer a los viandantes, todo era torbellino multicolor para el pueblerino de Quinto. Al pasar ante el templo de Júpiter, con sus columnas que se perdían en lo alto y su frontón historiado no pudo reprimir un gemido de reverencia y miedo. Pomponio, que para nada se dejaba impresionar por los dioses o por sus moradas, ya había localizado la de Sexto, un palacio en la ciudad alta lindante con el foro. Un liberto viejo y cojitranco les informó de que su señor estaba haciendo negocios en el puerto, y les pidió que le esperaran en el amplio atrio hacia el que daban las habitaciones principales de la casa, que husmeo discretamente Quinto, que nunca había visto paredes pintadas con escenas mitológicas y mosaicos que cubrían el suelo entero de una estancia.

-Ha medrado bien Sexto Parco, por los juanetes de Aquiles- ponderó Pomponio mientras miraba el Cupido pelotudo que remataba el pequeño estanque del atrio. Cuando yo le conocí en Roma había apostado toda su hacienda a los dados y vivía del noble arte del sablazo. Pero aquí le tienes, viviendo como un sátrapa, solo le falta su busto en mármol para ser un padre de la patria, que amor a los jóvenes nunca le ha faltado.

-Y tiene más esclavos y libertos que soldados la legión. Entre tantas riquezas, seguro que algo se nos quedará entre los dedos- echaba cuentas ya Quinto de lo que podía rentarle el aristócrata mariposón.

Cuando llegó el sol a lo alto y desde el Pretorio se corrió la voz de calle en calle de que ya era mediodía, dejaron las gentes sus labores, bajó el bullicio y se fue cada cual a comer. Al poco, entró en escena Sexto Parco, rechoncho y cachazudo, sudorosa frente que poco a poco se hacía una con el cogote, nariz rota y ojos chiquitos de cangrejo. No más meter los pies en el atrio quedó fijo en Quinto Terco, a la sazón sentado al borde de la fuente y jugando a salpicar a la pícara estatua de Cupido, todos los rayos del sol reluciendo en sus rizos de azabache, las piernas cruzadas como desnudo nudo que asfixiaba al mirar, la mirada franca y socarrona que le dejó sin voz. Antes de que saliera de su sorpresa, terció Pomponio:

-Sexto, Sexto Parco, de pie esperamos el honor para este pobre actor y su compañía de que tengas a bien el recibirnos. Cuando nos enteramos de que te hallabas en Tarraco, rogué a los dioses manes nos dieran la oportunidad de venir a rendirte pleitesía, que caballero tan principal bien lo merece.

-Vaya vaya… si es Pomponio… cuanto tiempo… siempre tan pomposo- atinó a decir el señor de la casa mientras seguía pendiente de los juegos fluviales de Quinto. Saludos, saludos, y sed bienvenidos a mi humilde casa.

-Vivamente me acuerdo de los banquetes literarios y otros entretenimientos allí, en nuestra añorada Roma.

-Verdad es. Tuviste que ausentarse por un patinazo con Mecenas, ¿no es verdad? Ya recuerdo. ¿Sigues con tus comedias?

-Mi vida toda es una comedia, y a pesar de estos cabezas huecas de hispanos que no saben apreciar mi arte, la última escrita es siempre mejor a la anterior, por el refajo de las musas.

Pronto se hizo presentar a Quinto, sobre aviso por el nerviosismo de Sexto de que su corazón cabalgaba desbocado, y él era el jinete que lo espoleaba.

-Pomponio no para de contar el arte con que maneja odas y elegías. Yo también hago mis pinitos en ello y espero aprender mucho de usted.

-Y yo gustosamente te enseñaré todo lo que quieras, que no hay más que verte para imaginar que estás muy bien dotado.

-Tengo sed de saber y busco quien la sacie- dejo caer Quinto mientras se echaba una mano al pecho y otra a la entrepierna, pero antes de que Sexto diera un traspiés terció Pomponio.

-El teatro está en crisis, el público ya no escucha respetuoso los hechos de los grandes héroes o los dioses, no, Júpiter los chamusque a todos. Hoy solo quieren saltimbanquis y mimos, que más parece circo que teatro.

-Quizás dices bien, Pomponio. Aquí en Tarraco está próximo a terminarse un teatro en piedra, pero no hay ningún autor que pueda escribir una obra lo suficientemente buena para la inauguración. Y yo parece que no gozo del interés de las musas.

-Como puede ser eso. Todavía me estremezco al recordar alguno de tus escritos. Tus versos movían almas. Había tortas por acudir a los banquetes en los que leías tus obras.

-Sí, pero en cuanto cambié de cocinero bajó mucho la asistencia, así que igual no iban por mis hexámetros y sí por mis pollos en pepitoria. Eran otros tiempos, ahora soy hombre casado y tengo que llevar el negocio de mi suegro, rico comerciante de Ostia. Me ha mandado a este agujero provinciano a que organice su comercio de vino y aceite. Si algún día quiero heredar su negocio tengo que dar el callo primero, así que en vez de liras y versos hoy paso los días entre ánforas y odres.

-Mis felicitaciones, no sabía que tenías esposa.

-Pues pronto tendrás el disgusto de conocerla, que estará al llegar del mercado. No te voy a engañar, me casé por su dote, pero en lo demás cada uno hace lo que le place- dijo mirando a Quinto, que callado atendía la conversación. Ella tiene sus amigos, y yo los míos.

En esto, llegó Gala Rala, la amante esposa, alta y seca, deje nasal y nariz aberenjenada, ojos como queriendo huir de la vecindad de esa prominencia y boca coronada de un labio superior arrugado y con lunar del tamaño de una lenteja bien surtido de pelos. Agradecida tenía que estar a su padre, no por los genes heredados, sino por la dote con que la hizo atractiva a nobles arruinados como Sexto. Con el dinero consiguió marido, pero en la cama no ejercía como tal, por lo que tenía que meter en ella cualquier desesperado de la localidad o fatuo que esperara medrar a sus pechos. Sexto y Gala eran famosos entre la pequeña sociedad local por sus correrías amorosas, el tras jovencitos, ella tras lo que se dejase, dándose el caso de haberse pisado alguna pieza. Hijos del libertinaje de la capital, se comportaban en Tarraco como si estuvieran entre las colinas de Roma, cuando la sociedad local era más timorata y miraba con incredulidad los lances del noble arruinado y la plebeya enriquecida.

El encontrarse con un compañero de orgías y banquetes levantó el ánimo de Sexto, que rápidamente tomó bajo su protección a toda la compañía de teatro. Mandó preparar alojamiento en su villa a Pomponio y Quinto, que le interesaba tenerlo cerca, y al resto les cedió un habitáculo maloliente en la ciudad baja. Esa misma tarde daba Próspero Póstumo, nuevo gobernador, una recepción en la que estaría la flor y nata, y Sexto decidió invitar a sus protegidos y presumir de efebo en la reunión.

-Pero yo no tengo ropa adecuada para algo así- se quejó Quinto

-Yo podría buscarte alguna prenda- dijo tímidamente Gala

-Quizás te convendría descansar querida, que llevas una mañana muy agitada. Ya buscaré algo adecuado para nuestro joven amigo.

Mientras Pomponio contaba a una Gala contrariada sus peripecias, llevó Sexto a Quinto a una pieza anexa a su dormitorio donde tenía su guardarropa. Sexto empezó a rebuscar entre sus túnicas y cuando se dio la vuelta se encontró con un Quinto desnudo y con una sonrisa traviesa pintada en su cara. Se acercó lentamente a él mientras el noble vinatero miraba embriagado con la boca abierta. Llegado a su vera hizo que se agachara y se la llenó, no le fueran a entrar moscas.

Quinto quedó un poco decepcionado de la flacidez de los caballeros romanos, nada que ver con las rocosas nalgas y fornidos pechos peludos de sus soldados. Pero a pesar de su alto abolengo, o por ello, Sexto se mostraba solícito y servicial en manos de Quinto, quien pensó que una buena cabalgada de vez en cuando tendría a Sexto comiendo en su mano el tiempo que quisiera.

-Querido, ¿has vestido o desvestido a nuestro huésped? – espetó venenosa Gala al ver aparecer a su marido no recuperado del todo del ataque de la caballería íbera.

-Ha sido difícil encontrar túnica a su medida. Es tan poderoso… de espaldas, quiero decir. Acaso haya que mandarle hacer una.

-Qué bien luces, bribón. Con esas galas pareces Ganímedes, el copero de los dioses- comentó Pomponio mientras pasaba revista a Quinto.

-¿No era ese uno que andaba poniendo el culo por las esquinas del Olimpo?- apuntilló Gala

-Sí, su belleza no era codiciada solo por las mujeres, pero Quinto se debe a su arte, a la música y a la poesía.

-Ya me gustaría ver como tocas, que se me antoja que no lo haces del todo mal.

-Señora, cuando quiera me pongo en sus manos y recito al son que usted me marque.

-Bueno bueno, vayamos con la música a otra parte, que la audiencia ya empieza- zanjó nervioso Sexto, que asistía incomodo al coqueteo de su fiel esposa con su nuevo amante, igual de fiel.

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