Los días en Salamanca transcurrían monótonos y tristes para Tirso, una vez que las novatadas padecidas quebrantaron un tanto su ánimo, desconfiando de sus camaradas y yendo mohíno de las clases a su alojamiento. Por si fuera poco, cada vez que hacía gala de sus conocimientos en literatura caballeresca, género que creía la máxima expresión de la nobleza humana, todos se burlaban de sus razones. Las clases de lógica o de retórica llenábanse de ejemplos de artistas cuyas obras hacía siglos que criaban polvo, pero no había ni una cita para las grandes novelas de los contemporáneos. Lo poco que se daba a los demás hizo de él un bicho raro, y como todos los que se separan de la manada, fue diana de chuflas y bromas.
Todos los días volvía de recibir las lecciones cruzando por la plaza del Corrillo y la de San Martín, a aquellas bulliciosas horas llenas de gentes de toda condición, desde escolares a clérigos, nobles o artesanos. Tirso no atendía a lo que allí se cocía, pues las más de las veces venía dándole vueltas a lo que en el aula acababa de oír, o rememorando algún lance de sus amados caballeros. Pero cierto día en que un gran carruaje pasó a su vera, Riquelme, uno de sus compañeros, amonestole de esta guisa:
─ ¿Cómo eres tan ingrato?
─ ¿Qué dices?
─Que esas no son maneras de tratar a una dama. Acaba de comerte con los ojos al pasar en su carroza y ni para ella has mirado.
─ ¿Qué dama?
─Doña Violante Gonzaga de la Goma, hija del conde de Trijueque. ¿Tan ciego estás para no darte cuenta de que bebe los vientos por ti?
─ ¿Por mí? Pero si en mi vida he cruzado palabra o mirada con ella.
─En eso veo que no eres muy ducho en amores. Pero acaso no te percataste de que todos los días cuando sale de escuchar misa mira en derredor suyo buscándote. Que cuando pasa el carruaje por la plaza corre discretamente los visillos por saber de ti, y que cuando al fin sus ojos topan con tu figura sus suspiros retumban hasta en las murallas.
─En verdad te digo que lo que me cuentas me deja sorprendido.
─Pues deberías dar gracias a Dios de que dama tan bella y del más rancio abolengo se prendara de ti. Antes escuchaba misa al despuntar el alba, pero desde que la llagaste ha acomodado sus devociones a tus idas y venidas.
─Pudiera ser, pero aun así mi cometido es el estudio y no el devaneo con damas.
─Tú verás lo que te haces, pero lances como este no se le ponían tan a huevo ni a Lanzarote ni al resto de la mesa redonda. ─ Y fuese Riquelme poniendo cara de quién estuviera en tu lugar, truhan.

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