—Busco un destino para estas vacaciones, algo exclusivo y original.
—Un resort en Bali, todo incluido con la piscina rebosando de champán, caviar por arrobas, repostería afrodisíaca, spa relax a cargo de profesionales de reputada solvencia, y los coros y danzas del ejército ruso disponibles 24 horas.
—Una o dos veces está bien, más cansa, sobre todo la balalaika.
—Tenemos una oferta para bucear en la gran barrera de coral.
—Eso ya está masificado, me crucé por allí con el vecino del cuarto.
—Una semana en un frenopático donde los locos han declarado la dictadura de los majaras. Puede acceder a sesiones de electroshock y menús regados con haloperidol.
—Mi mujer estuvo una temporada ingresada en uno de esos centros, dice que hay poca democracia interna.
—¿Hacer salto base en los fiordos noruegos disfrazado de caperucita?
—Eso es más viejuno que la colección de vitolas de puros de mi suegro.
—Una semana de desconexión total en una aldea del maestrazgo, sin electricidad ni agua corriente, aprendiendo a vivir en la naturaleza, plantando ajos y haciendo compost.
—Yo con regar los dos geranios que tengo en el balcón me doy por conectado con la naturaleza.
—Me lo pone difícil. En fin, hoy nos acaba de llegar una propuesta, lo último en vacaciones extremas.
—Cuente, cuente.
—Cruzar el mediterráneo en una patera llena de inmigrantes. Viva la aventura mientras se solidariza con el tercer mundo.
—Parece interesante.
—Además está la opción de cruzar el Sáhara a pinrel antes de embarcar. Será la envidia de sus amistades.
—Desde luego, luciría moreno y me quitaría algún kilo de más.
—Y si se le hace pesado, le extraemos en helicóptero en cualquier momento.
—Decidido, me apunto.
—Bienvenido a la aventura.

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