lunes, 15 de marzo de 2010

La pedida de mano


-Disculpe el señor, pero el joven Alexander Lowcost pregunta si tendría unos momentos para ser recibido.
-¿Con qué ánimos cree usted que viene a horas tan intempestivas, querido Alfred?
-Si me permite decírselo, creo que no es una visita de mera cortesía, milord.
-Bien… téngalo media hora esperando y luego hágalo pasar.
(…)
-Lord Highway, le estoy agradecido por estos momentos que me dedica, a pesar de lo temprano de la hora.
-Por favor Alex, sabe usted que es como de la casa. Disculpe que le haya hecho esperar pero estaba ordenando la correspondencia con mi querido hermano Mycroft, destacado como coronel en la India, y  que se desespera con la poca inclinación de las tropas cipayas hacia su graciosa majestad.  Pero cuente, cómo van las cosas por Oxford.
-No todo lo bien que deberían. Este año el equipo de remo no está a la altura de su historia y de las circunstancias, y nos tememos lo peor en nuestro enfrentamiento con Cambridge.
-Me refería mayormente a sus estudios.
-Oh, sí, esos sin novedad. Cada día amplio el horizonte de mis conocimientos y profundizo más en los misterios de la condición humana.
-Sí, en eso Oxford ofrece una formación integral, qué duda cabe. Un conocido me ha referido que es usted uno de los que frecuenta el burdel de madame Agnete.
-Bueno, señor, frecuentar igual es un término excesivo.
-Mándele saludos a la buena de Agnete. Qué buenos recuerdos me trae. No se imagina usted lo cachonda que era de joven. ¿Sigue teniendo aquella colección de fustas?
-Pues no sabría decirle, señor, pero le haré llegar su mensaje.
-Bien, y dígale también que cualquier día me acerco a reverdecer viejos laureles, si esta maldita gota me lo permite.
-Perfectamente, pero era otro el asunto que me traía hasta aquí.
-Ya me hago cargo de que no estaría entre sus planes el de hacer de recadero de una vieja puta.
-Ciertamente no, milord. Como bien sabrá, hace ya una larga temporada que frecuento su casa, y no creo que le sorprenda si le digo que la causa de todo ello es su bella hija Clara.
-He podido observar alguna  vez como en su presencia mi hija suele derramar el té más de lo usual en ella.
-Es verdad, desde que la vi aquella lejana tarde de primavera en el hipódromo, se ha convertido en la dueña de mis pensamientos.
-Si es así, pocos debe tener usted.
-Una corriente de simpatía al principio, luego admiración cuando la fui conociendo, y ahora ya rendida devoción es lo que me une a su hija Clara.
-Me sorprenden, me sorprenden sus palabras, joven. Le tomaba por una persona de más sustancia.
-Es por ello, señor, que como sé que Clara siente lo mismo por mí, me tomo la libertad, aquí y ahora, de pedir su mano en matrimonio.
-¿Pero está usted en sus cabales? ¿Acaso no ha reparado en que sus piernas no son de la misma longitud?
-Cuando el amor llama a las puertas del corazón no hay mácula física que lo detenga.
-¿Ni siquiera el que bizquee cuando toma la sopa o el puding?
-Clara en la mesa es un ángel, que si nuestro señor la hubiera conocido la hubiera sentado en su última cena.
- Puede, pero no a su lado, que su halitosis es justamente famosa en todo el condado.
-Es la misma que a mí me llena de vida y de dicha.
-¿Está seguro de lo que dice? Y habrá reparado que la mayor parte de la  veces las palabras se le atragantan.
-Es porque su espíritu libre quiere salir a borbotones por esa boca de jazmín.
-Si usted lo dice. Pero es mi deber advertirle que en la última cacería los participantes pasaron más tiempo corriendo tras ella que tras el zorro, pues es de dominio público lo franca que es nuestra Clara para conocer bíblicamente a todo aquel que lleve pantalones.
-Esa es una prueba más de la extrema generosidad con que la madre naturaleza ha dotado a mi amada Clara.
-En fin, no me queda entonces más que darle mis bendiciones, no sin antes advertirle que no hace mucho se ha declarado en quiebra la Real Compañía de Bananas de Bostwana, donde teníamos grandes inversiones, por lo que la dote de mi querida hija no va a poder ser todo lo generosa que me gustaría.
-Siendo así, no tengo más remedio que declinar en mis intenciones y seguir los sabios consejos de alguien como usted, mucho más versado en los azares de la existencia.
-Así me gusta, querido Alex. Si le soy sincero, siempre le he visto a usted como carne de prostíbulo. Hasta que no consiga dominar los fuegos de su entrepierna no le conviene a usted un compromiso formal. Siga frecuentando el burdel de madame Agnete, y cuando haya conseguido clavar las espuelas a sus deseos, volveremos a hablar sobre mi hija.
-Así hare, lord Higtway, mientras tanto, póngame a los pies de Clara.
-No le quiero tan mal, que bien le huelen a la pobre. Vaya, vaya usted, que Clara seguro que encuentra con quien olvidase de usted.

2 comentarios:

Un paseante dijo...

Muy británico todo el diálogo, sí señor. Lástima que se hayan disipado los vapores amorosos que traía el galán putero ante la noticia del descalabro económico de su casi suegro. La vida es así: no siempre se tiene lo que se quiere. En este caso el amor se volvió imposible.

chafardero dijo...

La culpa de todo la tiene el mercado del plátano, que es muy voluble.