lunes, 17 de septiembre de 2018

En el que se topan con damas poco corrientes y amantes corridos (II)

La táctica utilizada por Tirso, o más bien por Rampante, de rodear al enemigo para luego diezmarlo, acabó dando sus frutos, porque un poco por casualidad y otro poco por la errática trayectoria de Flameada, el caballero acertó a darle a dos de los atacantes, que no por hábil tajo sino por mamporro recibido de plano quedaron en el suelo tendidos, en tanto que los otros cuatro pusieron pies en polvorosa. Las mujeres, que ya se creían emparedadas por aquellos desaprensivos, tampoco las tenían todas consigo, que nunca habían visto caballero con aspas de molino por montera. Cuando Flequillo Flojo consideró desbaratado el contubernio y pudo parar a Rampante, desta suerte les fue a hablar:

—Sean bien halladas, hermosas damas, y dense por salvas, que mientras estén bajo la protección del caballero del Flequillo Flojo nada han de temer de fementidos.
—De fementidos nada, mamarrachos mamporreros, abortos de piojos y comemierdas —respondió la vieja a la que llamaban Fuenseca, mujer vestida de negro de arriba abajo, tez más ajada que odre de borracho y magra como hueso de aceituna. La nariz ganchuda pugnaba por tocar las verrugas del mentón picudo como cigüeña desmadejada, mientras sus demacrados pómulos sostenían unos ojos iracundos que centelleaban sin cesar. La boca pequeña en apariencia era grande en maldiciones. —¡Santa Gasa y San Apósito los confundan!
—Muchas gracias, caballero, por socorrer a dos pobres mujeres que en este mal paso se ven por ayudar al prójimo —dijo la joven que decían Fuensanta, zagala tostada por el sol, pelo revuelto, mirada pizpireta y corpiño que patente dejaba sus encantos.
—Razón tiene, que es el único oficio por el que mérito se puede ganar, y me place que en ello se apliquen —dijo Tirso mientras bajaba del caballo.
—Pero siempre hay bujarrones y soplapollas, como estos mastuerzos, que si no sale su merced en nuestra defensa nos finiquitan, ¡San Cúbito y Santa Supina los despeñen al fondo del infierno!
—¿Y cuáles son sus menesteres para que así sean tratadas? —preguntó Flequillo.
—Aquí mi sobrina y una servidora vamos con nuestro carro de pueblo en pueblo, de feria en feria, cuidando de la salud de los cristianos, que Santa Arsénica bendita mucho en cuenta nos lo tendrá, porque de este ganado solo coces se pueden esperar.
—¿Y así las tratan después de cuidar de ellos? —preguntó Bernal, que tras ver que los atacantes estaban huidos o caídos y que su señor era dueño de la situación, se había acercado al mugriento carro, donde las mujeres cargaban con varios arcones y cestas, junto a las telas y tablas con las que montaban su tenderete.
—Siempre hay sabandijas y pelagatos que no pagan por los remedios que reciben, además de los baldragas que nos dan por moneda palos en el lomo, de malos pagadores líbranos señor, ¡malditos sean sus muertos más frescos! —le respondió la vieja, todavía irritada hasta el sofoco.
—No será que sus remedios no remedian nada, que ya me sé yo eso de chupe usted el culo de un caracol para quitar el moquillo, y luego sigue uno a moco tendido y con la boca llena de babas —le dijo Bernal mientras escupía por sacudirse aquel recuerdo.
—Nosotras curamos por la divina intercesión de todos los santos del cielo, que no hay remedio mejor para estos baldragas que la oración, que mitiga los males del cuerpo y el alma —le advirtió Fuenseca.
—¿Y solo por rezar les han seguido hasta aquí estos ceporros? —preguntola Bernal.
—Porque son unos botarates descreídos. A uno aconséjele quinientos credos para quitar un dolor de muelas, y vino a reclamar sus dineros porque no le había aviado. Seguro que el hereje no rezó más de trescientos. Y así con todo, una prescribe y los pacientes a su puta bola, es que no hay manera —dijo Fuenseca santiguándose como si hubiera visto al demonio.
—La fe mueve montañas, pero lo de acallar dolores es harina de otro costal —le dijo Flequillo Flojo.
—Bien lo sabemos, que llevo toda la vida componiendo emplastos, aderezando filtros, administrando cataplasmas y otras boticas, que la gente es de poca fe y necesita un empujón. —Abrió un pequeño arcón lleno de frasquitos y ampollas con líquidos de extraños colores. —Yo soy la única que conoce el secreto del Triscatripas, remedio para que los de tránsito lento caguen a chorrillo, o el Pontetiesa, ideal para el coitus miserere.
—Y luego estos miserables no lo saben agradecer —dijo Bernal despectivo mirando a los dos hombres abatidos por Flequillo Flojo y que poco a poco volvían a la vigilia.

lunes, 10 de septiembre de 2018

En el que se topan con damas poco corrientes y amantes corridos (I)


Tirso Terco, buen caballero probado, ufano iba tras la gloria alcanzada en su primer envite, donde en encuentro singular con el caballero de la Triste Figura demostrara que su arrojo no iba a la zaga. Flequillo Flojo mucho se folgaba además de haber puesto a los pies de Doña Brisilda las armas de Don Quijote, pues en ello vería la dama el amor que le embargaba, aunque no sabía que también habían embargado los cuatro cuartos de Sancho para pagar la basquiña. Por su parte, Bernal suponía que alguna comisión le caería de aquel su primer negocio.

Días después, sin noticia de mayor interés para nuestro relato, iban al descansado paso que marcaba Rampante por una seca vereda que serpenteaba entre pausadas colinas, Tirso refiriéndole a Bernal la portentosa batalla en la que Don Cataplín de Copacabana desbarató una legión de demonios sarracenos con sola una espumadera bendecida por San Palangano. La viveza de la historia hacía que el escudero imaginara los demonios echando espumarajos por la boca y maldiciendo a lo más barrido, cuando un gran ruido llego hasta ellos. Tras una loma cercana enorme algarabía de voces se oía, trufada con juramentos de todos los tamaños y colores. Flequillo Flojo raudo en guardia se puso, su olfato le indicaba que cerca había entuerto que enderezar y fama que ganar.

Clavó espuelas y Rampante aceleró su paso, pero en vez de lanzarse hacia donde las voces rompían la tranquilidad de la estepa, se puso a dar vueltas a un algarrobo como si de su añorada noria se tratara. Ocho vueltas ocho dio hasta que Flequillo se hizo con las riendas y avanzó hasta posición tal que pudiera verse qué causaba semejante tremolina. Mucho le sorprendió lo que vio.

En una revuelta del camino estaba cruzado un carro tirado por un burro sarnoso. En el pescante iban una joven y una vieja que acorraladas estaban por media docena de villanos que acababan de darles alcance y que las increpaban sin freno. Ellas se defendían de palabra y obra, repartiendo a diestro y siniestro con unas fustas que llevaban y poniendo a sus enemigos como chupa de dómine. Ellos, sabedores de que las mujeres estaban a su merced, se regodeaban en insultarlas antes de ir a saco a por ellas. Flequillo que esto vio, así le dijo a Bernal:

—Nada me place más que salvar damas en apuros, como es el caso, y poner coto a las fechorías de desaprensivos que no saben respetar a las mujeres. No pierdas ripio, Bernal amigo, que vamos a escribir memorable página.

—Apuradas sí que se las ve, pero si esas son damas yo soy la espumadera de San Palangano, que los demonios de los que su merced hablaba tienen la boca menos sucia.

Sin hacer caso a las atinadas observaciones de su segundo, cargó con todo. Al sentirse espoleado, Rampante tiró para delante abalanzándose contra los que asediaban el carro. Cuando estaba ya próximo, Tirso desenvainó a Flameada, presta a impartir justicia. En vez de meterse de hoz y coz en el cogollo de la reyerta, el percherón comenzó a dar vueltas alrededor del carro y los villanos. Flequillo, que en realidad era la primera vez que agarraba una espada con fines guerreros, intentaba dar mandobles con Flameada, pero tan pesada era la vieja tizona que daba bandazos con ella como ciego queriendo reventar una piñata. Los que montaban la querella contra las mujeres no esperaban semejante aparición, caballero descacharrado haciendo aspavientos a su alrededor, por lo que pronto pasaron de dar caña a pegar la espantada, no fuera caerles alguna estocada.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Lances y percances del esforzado caballero del Flequillo Flojo


Tirso Terco, el caballero del Flequillo Flojo, comenzó sus andanzas en las páginas de Repámpanos. Aquellas inconexas aventuras que a salto de mata fui colgando en el blog, donde se batía el cobre con caballeros de todo pelaje, recaudadores de impuestos y fantasmones con mucho hierro encima, fueron tomando forma hasta convertirse en la novela que hoy tengo el placer de presentar. Es un homenaje y vindicación de la literatura clásica. Bajo el patrocinio de Cervantes y guiado por las sabias plumas de Góngora, Garcilaso o San Juan de la Cruz, aderezado con viejos romances y sonorosas canciones, donde episodios picarescos dan paso a enredos de capa y espada, Lances y percances del esforzado caballero del Flequillo Flojo es un compendio de la literatura del siglo de oro. La historia transcurre, no podía ser de otra manera, entre grandes dosis de humor, mágico elixir que alivia toda pena y que tan caro era al espíritu de la época.
Como adelanto para los lectores de Repámpanos, es un placer publicar en la página que lo vio nacer dos capítulos de la novela que narra los hechos de tan singular caballero. Espero que puedan folgar a modo con su lectura tanto al menos como yo escribiéndola.