lunes, 2 de marzo de 2015

El reino del revés

bandera belga al revés

Hay telas de colores crudos más o menos cuadradas muy buenas para sonarse los mocos. Cuando las pintas de colorines y las cuelgas de un mástil se convierten en el símbolo de la permanencia e inmutabilidad de alguna nación. Como los sentimientos patrióticos suelen ser chillones, los colores van a juego. Además de ponerse tieso cuando pasa, puede uno envolverse o enterrarse con ella, subir hasta la quinta puñeta para que ondee en lo más alto, usarla de salvapantallas o pulsera.
Como todo símbolo, el ritual es importante. La tela tiene que estar planchadita, sin remiendos ni lamparones, izarse y arriarse con la pompa y boato necesario, y sobre todo, colocarla como es debido. En este último detalle parece que no han caído los belgas, gente con la misma fama que los de Lepe, pues llevan siglo y medio colgando su bandera al revés. Allá por 1830 decidieron que su estandarte tuviera tres franjas horizontales, y en un alarde de originalidad eligieron el negro, el rojo y el amarillo. Unos años después descubrieron que la suya se parecía mucho a la de sus vecinos holandeses y la pusieron con las franjas verticales, pero en la constitución sigue rezando de la otra manera.
El asunto no es baladí pues poner la bandera al revés indica rendición ante el enemigo, secuestros, motines y otras cosas de mal fario. Quizás sea ésta una de las razones por las que el reino belga ande manga por hombro, con los valones yéndose por peteneras y los flamencos echando balones fuera. En nuestra patria es inconcebible semejante error, ya se encargaron nuestros próceres de hacer una bandera capicúa para que el pueblo no se liara al subir y bajarla, aunque los que las queman tanto lo hacen de derechas o de revés.
Como ven un caso digno de ser estudiado en el programa Diversión con banderas, de nuestro vexilólogo favorito el doctor Sheldon Cooper. Tenemos que reconocer que estas historias de insignias ondeando al viento nos conmueven, no en vano desde pequeñitos hemos llevado en el interior abanderado. No somos de bandera blanca que se ensucia mucho, ni de bandera negra que en las barricadas hace mucha corriente, lo nuestro es la bandera arco iris desde alguna carroza petarda.

lunes, 23 de febrero de 2015

Rebobinando con Bic

cinta líada

Hubo una época, allá en el pasado siglo, donde la música era analógica. Con suerte, en el bolsillo te entraba el paquete de ducados y el mechero, no cinco mil canciones como hoy. Estabas atado al tocadiscos y sus planchas de vinilo negro, formato canónico para todo melómano que se preciara. Pero los Lps eran caros y dificiles de llevar de un sitio a otro. Ahí entraban las cintas de casete, más pequeñas y cuyos reproductores podías llevar a la playa o donde quisieras. Además, contaban con la opción rec, con lo que podías piratear los sacrosantos vinilos y crear tus propias selecciones, mezclando Rafaela Carrá con Dire Strait y Peret, y el que no estuviera de acuerdo que se fuera a los billares a meter monedas en la máquina de discos. 
El problema de las cintas era que su mecanismo fallaba más que una escopeta de feria, y los reproductores una birria que cada dos por tres trituraban la banda marrón, la masticaban y vomitaban despreciativamente. La ley de Murphy indicaba que la cinta siempre se trabaría en tu canción preferida, y tenías que armarte de paciencia para volver a su lugar los kilómetros de cinta salidos de madre. En esta operación de precisión eran imprescindibles los bolis Bic, punta fina o punta normal. Tenían el grosor ideal y forma octogonal para meterlos en el agujero del carrete y recoger. 
Ahora que la música digital no da esos problemas el apaño del boli Bic se ha convertido en un deporte. Hace poco se ha celebrado en Córdoba una feria retro de videoconsolas y ordenadores, y el acto más llamativo ha sido la competición de rebobinado de cinta con Bic. Curiosamente, ha ganado un chaval de quince años que le ha dado cincuenta y un vueltas en treinta segundos. Con tan pocos años, el ganador igual cree que los casetes solo valen para darle vueltas con el boli. Seguro que más de un veterano, aunque desentrenado, le hubiera ganado, pero a muchos le subiría la mala leche al recordar cómo el maldito casete le destripó aquella cinta de grandes éxitos que tanto le había costado pillar. Lo único que está claro es que a estas alturas los casetes están acabados, pero los bolis Bic siguen dando que hablar, y que escribir. 

lunes, 16 de febrero de 2015

Ofertas

carro de ofertas


Miró el carrito de la compra por si se haa olvidado algopan, leche, yogures, carne, birras... Estaba todo, se fue en busca de una caja. Era un laborable al mediodía, el centro comercial estaba tranquilo, un buen momento para una compra rápida. Encontró una caja libre con una chica que parecía la eficacia en personaEsto iba a ser coser y cantar pensó. 
 Buenas tardes, gracias en confiar en Carrekide para hacer sus compras. ¿Tiene nuestra tarjeta? 
No, no tengo. 
Le interesaría tenerla, le dará acceso a grandes ofertas, promociones exclusivas 
Gracias, no me interesa. 
Le serviremos su compra en casa, haremos una estadística de sus gastos. 
No, muchas gracias. 
Diligente, comenzó a pasar los artículos por el lector de códigos. La máquina emitía un pitido por cada uno que contabiliza. La cajera, con una discreta elegancia, deslizaba los productos rampa abajo para que el cliente los recogiera. De pronto, sonó un doble pitido. Algo pasaba con los yogures naturales. 
Caballero, este pack viene con una oferta para que pueda adquirir otro de natillas de coco a mitad de precio. ¿Quiere que llame a mi compañera de sección para que le traiga uno? 
No, no me gustan las natillas. 
Pero son de coco. 
Ni de coco. 
Tres productos más adelante, es el jabón de la lavadora el que pita. 
Promoción especial. Si se lleva tres cajas de detergente, paga solo dos. 
 ¿Para qué  quiero yo tres cajas? Me van a durar hasta el día del juicio. 
Pero le salen muy bien de precio. La mirada helada del comprador hizo que la cajera volviera a su trasiego de productos. Ya quedaban pocos, un manojo de puerros, una bolsa de patatas y las cervezas. Vaya por dios, con las cervezas volvió el doble pitido y la diligente cajera pasó a informar. 
Esta caja de cervezas le da derecho a participar en un sorteo para un fin de semana en el pirineo francés. 
No voy al pirineo ese ni regalado. Haga el favor de cobrarme respondió el cliente, cansado de tanta oportunidad. 
Antes de dar el total, la máquina pasó un rato escupiendo vales descuento de todas clases y categorías. El cliente hizo una bola con ellos y los tiró en una de las bolsas. 
 ¿Tarjeta o efectivo? 
Tarjeta. 
Entregó el trozo de plástico junto con su carnet. La cajera marcó la cantidad y esperaron la respuesta del sistema. Salieron dos pequeños tíquets que el comprador firmó con la cabeza puesta en la siesta que se iba a echar  al llegar a casa. 
Enhorabuena, caballero. Acaba de adquirir nuestra súper oferta especial del gabinete de tatuado. 
 ¿Qué dice? Yo no he comprado nada de eso. 
Al firmar ha aceptado las condiciones de la oferta. Es una promoción especial para clientes recalcitrantes como usted. Le van a estampar un moderno tatuaje en una de sus nalgas, para que vaya a la última. 
Está loca, yo no me voy a tatuar nada, faltaría más y metió en el carro las bolsas que le quedaban con la intención de alejarse lo antes posible de semejante chalada. 
Tranquilo, caballero, por favor. A veces la gente se pone nerviosa, pero somos profesionales, todo irá bien. 
 ¡Váyase  a la mierda y  quédese allígritó el comprador, pero en ese momento dos armarios roperos vestidos de blanco le cogieron por los sobacos y lo encaminaron suave pero firmemente hacia el gabinete de tatuado, sito entre una tienda de fundas para móviles y una franquicia de encurtidos. 
 ¿Es tu primera vez? Tranquilo, no te dolerá dijo uno de los celadores con una blanca sonrisa. 
 ¡Pero bueno, déjenme en paz! gritó el comprador mientras intentaba forcejear. Entonces le pusieron una gasa en la nariz y todo se desvaneció. 
Horas después, atontado por la anestesia y con el culo dolorido, el cliente yacía en el sofá de su casa. La cabeza le daba vueltas, tenía nauseas, no había comido todavía. Tambaleando se fue al baño, se bajó los pantalones y pudo contemplar la rutilante C de Carrekide que lucía en su culo. 
  ¡Joder! Tenía que haber cogido las natillas de coco.