domingo, 29 de abril de 2018

Orgasmo pinball

 orgasmo  bola extra
anarcoma nazario

El mundo de los juegos ha evolucionado mucho. Solo cuatro nostálgicos se pasan las horas muertas comprando hoteles en el Monopoly o comiendo una y contando veinte en el parchís. Los billares ya no congregan a lo peor de cada casa, los futbolines no reúnen a los chulo piscinas con su tiquitaca arrabalero. Se han pasado todos a los videojuegos para ponerse al volante de una bestia parda de dos mil caballos e ir a tumba abierta por la interestatal incendiando el asfalto. También los hay que van a pie, se embuten en una armadura de marine psicópata y limpian de charlis hasta la última alcantarilla.  Pero nada de eso se puede comparar a una buena partida de petacos, sobre todo si entre carambola y carambola te van torpedeando por la popa, como en la viñeta que ilustra esta sesuda reflexión. El gran Nazario fue un adelantado a su tiempo, el primero en trabajar el concepto de realidad aumentada, que buenos eran los cipotes que salían en Anarcoma, heroica travesti capaz de pasarse por la piedra un tercio entero de la legión antes de desayunar. Y después de comer un buen orgasmo agarrada a la máquina de petacos, nada mejor que correrse en plena bola extra mientras le das la vuelta al marcador.

3 comentarios:

Doctor Krapp dijo...

Te veo muy procaz esta temporada espero que todo sea para bien. Nazario y El Víbora, legendarios tiempos de una postadolescencia feliz, ahora quizás pura arqueología.

U-topia dijo...

La verdad es que no me gustan mucho los juegos (ni antiguos ni actuales) y me parece que hay algo que nos distancia a las mujeres de ellos (aunque en una época me dio por jugar al billar). Tampoco fui muy seguidora de Anarcoma...

Rick dijo...

Nazario gustará más o menos, pero fue un buen reflejo de que los tiempos estaban cambiando en España a finales de los años 70. Muchos esperábamas la publicación mensual del Víbora, el Rollo Enmascarado y todas aquellas chifladuras con verdadera ansia. No tengo muy claro si hoy en día él y muchos otros hubiesen conseguido expresarse con igual libertad que entonces: vivimos en una regresión alimentada por ambos extremos, o eso creo yo.