lunes, 8 de diciembre de 2014

En Noches como la de Hoy


De repente suena esa canción y todo se transforma. La gente deja todo lo que tiene entre manos y se lanza a la pista poseída por la magia que solo algunos temas poseen y te hacen caer en un vórtice fuera del tiempo y el espacio. Bailar es lo único importante, mezclado entre gente que se mueven al mismo ritmo que tú, en una danza que os hace pertenecer a todos a la misma tribu. Es un rito hipnótico bajo láseres y neones, crees formar parte de un solo cuerpo que se mueve por toda la pista en un momento infinito. Y de repente la ves a ella, bailando indiferente en medio de la masa ingente. Bella, lejana, inalcanzable, quizás tonta. Impelido por la fuerza que te da la música te acercas hasta el límite del aura que emana y que hace que el resto de bailarines inconscientemente le hagan corro. En ese límite exterior sacas la artillería pesada, esos pasos de baile que en el espejo de tu casa te deslumbraban pero que en la disco pasan desapercibidos ante tanta cadera cimbreante y pelvis supersónica. No te importa, sabes que cuando te mire a los ojos y vea el brillo que solo los ungidos con la energía del pop en estado puro tenéis, no tendrá más remedio que bailar a tu lado, seguir tu  coreografía, pasos ensayados en la soledad para luego ejecutarlos en honor de la reina de la pista.
El tema llega a su clímax entre el delirio de los que abarrotan la pista de baile, pero todos giran sin saberlo alrededor de la diosa de mirada enigmática, de la auténtica superstar. Tú sigues en el borde exterior, seguro que de un momento a otro va a reparar en ti. Y así es, tras un movimiento de cadera que encierra los misterios de varios universos, posa sus ojos de miel en los tuyos. Ya está, primer contacto, piensas mientras mantienes su mirada y tu cuerpo cree ejecutar una complicada pirueta que ya quisiera Tony Manero. En el breve lapso de dos latidos tu corazón trota hasta la Patagonia y vuelve, mientras ella sigue mirándote, regalándote su divino tiempo.
De pronto sus cejas oscurecen su semblante, la mirada pierde  fijeza, levanta un poco la cara mientras con otro prodigioso movimiento de sus caderas te regala su espalda y sigue bailando indiferente a ti. Continuas en sus cercanías sin perder la esperanza, pero ya eres historia. Termina la canción, la mayoría se dispersa, ella se pierde entre las luces y sombras del local. Acaba la música y bajas a la realidad. Vuelves a sostener la barra esperando que se repita otra vez el mágico momento, a ser posible con Dancing Queen.

8 comentarios:

Dr.Krapp dijo...

Interesante reflexión sobre el sueño y el deseo aunque luego tenga el envés de la realidad amarga. Ese estupendo tema de La Casa Azul ayuda a ello, lo cual no es extraño cuando se trata de ese tipo tan dotado para la música como es Guille Milkyway.

Un paseante dijo...

Pura historieta pop, sí señor. Esas posturas de discoteca, esas miradas, esos movimientos de leyenda juvenil, que aún nos enganchan cada vez que los recordamos...

Aunque soy poppy a muerte, tengo que reconocer que La Casa Azul me suenan un poco ñoños, pero da igual: qué bonitos son los estribillos yeyés...

Rafa Hernández dijo...

Yo como hace años que no piso un baile ni una discoteca, esto me queda hasta grande.

chafardero dijo...

@ Dr Krapp:
los sueños y la realidad siempre han sido un concepto muy pop, como bien sabe Milkyway.

chafardero dijo...

@ Paseante:
pecan de ñoños a veces, pero sus temas tienen mas enjundia de la que parece, sin olvidar que suenan pop total.

chafardero dijo...

@ Rafa:
yo tampoco muevo mucho el esqueleto ahora, pero nunca es tarde.

U-topia dijo...

Muy bueno el relato aunque acabe en frustración, que es como solían acabar, pero qué más da si se han vivido momentos de gloria primero.

chafardero dijo...

a U-Topia:
al final solo queda la gloria, aunque valga tan poco.