lunes, 18 de enero de 2010

Polvo friolero

pasando frío para esquiar al marido cornudo


-Hola cari. Ya he vuelto.
Se oyó la voz del marido pasillo abajo mientras yo cama arriba le daba candela a su mujer. Tierra trágame pensé mientras me venían a la cabeza los bíceps de acero inoxidable del menda y que como diera conmigo iban a necesitar una espátula para despegar mis sesos del techo. ¿Pero éste no estaba trabajando?, yo que sé, vístete rápido que yo salgo a entretenerle. Se puso una camiseta y cerró tras de sí. Yo el pantalón y la chaqueta vaquera. Todo lo demás, calzoncillos, calcetines, camiseta, con las prisas y el miedo, lo fui metiendo en los bolsillos y en un costado bajo la chupa mientras esperaba acontecimientos.
Por lo que se oía fuera, el inoportuno marido se había accidentado en una mano en el trabajo y le habían mandado a descansar justo cuando procedíamos a su coronación. ¡Qué peligro tiene la siniestralidad laboral, sobre todo si deviene en un ataque de cuernos! No me llegaba la ropa al cuerpo de recordar la mala ostia que gastaba la pareja de mi amante. Seguía el hombre dando pelos y señales de cómo el malvado palé fue a machacarle el escafoides, que en el hospital le han dicho que tiene para una semanita, que ya me lo decía el horóscopo que cuidado con el curro, que como ostias voy a jugar ahora a la play. Todo esto mientras no dejaba de pasar por la puerta de la habitación y su mujer intentando tranquilizarle y alejarle de la zona cero. Yo mientras aguantaba la respiración y prometía al Sagrado Corazón de Jesús que si salía con bien de esa me iba de misionero a África a despiojar negritos.
Al rato oí  la ducha, se abrió la puerta y mi hasta hace poco dulce amor prohibido y ahora objeto de perdición me dijo rápido rápido, y  yo como un caballero que soy hice caso a mi dama y de paso evité darle un disgusto al dueño de la casa. Pulverizando todas mis anteriores marcas de velocidad, dejé atrás el pasillo, el descansillo, las escaleras, el portal y la calle de esa rubia teñida que me había invitado a tomar un café y casi acaba con su marido metiéndome un puro.
Las ventajas de vivir en el extrarradio es que puedes perder la vista por amplios descampados, jugarte el pellejo en las cunetas entre un tráfico salvaje y que no abundan los sitios recogidos para poder recomponer la figura y colocar la ropa en su sitio. Con el susto, no detuve mi ordenada huida hasta que no me vi en la parada de autobús, una mala tejavana barrida por el viento de finales del otoño que a mí, que solo llevaba la chaqueta vaquera, me calaba hasta el tuétano.
Dos señoras que allí estaban, bien embutidas en abrigos y bufandas, dejaron caer un suspiro al ver mis pintas, jorobado y con ropa saliéndome por cualquier sitio. Uno que es un caballero y no se desnuda ante una dama más de lo estrictamente necesario, aguanté como pude el puto aire que me traspasaba y no me puse la camiseta y el niqui que me daban ese encantador aire cheposo.
Media hora pasé como un jamón curándose al aire de la sierra hasta que un autobús me sacó de aquel culo del mundo y llegué a casa con un tembleque que ni bajo dos mantas amainaba. Pero más vale principio de pulmonía que veinte huesos rotos por ofender al Maciste de mi amante.
Días después me lo encontré por los bares de siempre con su encantadora esposa. Yo me hice el preocupado por su mano vendada, el se explayó en su percance, y en un momento en que su churri se separó de nosotros para hablar con una conocida, me suelta:
-Que digo que este sábado he quedado con una del curro para montármelo con ella, que si quieres, pásate por casa para entretener un rato a Yoli- me dijo como quien me manda a hacer un recado.
-Es que verás, estoy un poco resfriado, no sé si podré- acerté a decir mientras se me caían los mocos del susto.
-Sí, ya me dijo mi madre que te vio el otro día en la parada del autobús, con los calzoncillos cayéndosete del bolsillo y muerto de frio. Pero tranqui que el sábado llegaré tarde y te dará tiempo a ponértelos.

2 comentarios:

noveldaytantos dijo...

Mira que los que no nos comemos un torrao aún nos vamos a librar de pasar esos malos ratos de frío y bronca.
¿Seré gilipollón? Por un poco de frío tampoco pasa nada.

chafardero dijo...

Venga, venga, que ya me sé yo de éstos que andan todo el día llorando y luego las matan callando.